Este post está publicado en dos partes. Los puntos del seis al diez se encuentran en la parte 2. Si te apetece leerlos, puedes encontrarlos haciendo click aquí. 

En septiembre nos fuimos tres semanas al Noroeste de Argentina, las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy. Fueron tres semanas muy intensas, de momentos muy distintos y paisajes de todos los colores. Fueron tres semanas en las que empecé a sentirme de viaje y que dieron lugar a experimentar muchas cosas nuevas. Les cuento estas tres semanas resumidas en los 10 puntos más destacados del viaje.

Punto 1: El viaje en tren

Así empezó y acabó nuestro viaje por el Norte. Diecinueve horas para llegar y veintisiete de vuelta. Una forma de poder hacer la transición tanto al ir como al volver. J. nos acompañó hasta la estación en Rosario y apenas traspasamos la puerta, entramos en modo viaje. Nos contagió la gente que esperaba con sus maletas, los mates preparados y las caras de emoción. Las primeras dos horas fueron de charlas a voces, de gente paseando por los pasillos y de niños jugueteando por ahí. Después, el tono fue bajando y ahí empezó lo interesante.

Casi sin darnos cuenta, comenzamos a charlar con una mujer que viajaba junto a su padre y su hija, que estaban sentados del otro lado del pasillo. Iban a festejar el cumpleaños de alguien de la familia y aprovechaban a visitarlos por unos días. Nos preguntaron sobre nosotros, a dónde íbamos, de dónde veníamos… Se ve que la charla resultó interesante para otros. Al de un rato hablábamos y nos moríamos de risa: cuatro argentinos, un irlandés (Paul), una paraguaya, la argentina traidora (M.) y el vasco (E.). Pasó tan rápido la tarde que cuando apagaron las luces para ponerse a dormir, desde la otra punta del vagón nos chistaron para que nos callemos, ¡no podíamos parar de reírnos por todo!

Las horas de la mañana fueron más largas. Todos estábamos ya cansados después de haber pasado la noche buscando una postura buena para dormir (y en muchos casos sin encontrarla). El paisaje era homogéneo y eso no ayudaba a que el tiempo pasara más rápido. Hacía bastante calor, especialmente si tenemos en cuenta que estábamos en pleno invierno. Para nada la temperatura que esperábamos. Y en algún momento, de repente, llegamos a Tucumán.

La vuelta fue otra cosa. Parece que todos los pasajeros volvían a sus casas, a sus rutinas, a sus trabajos. Parece que nadie iba de paseo a Buenos Aires. Porque la gente parecía malhumorada, los niños lloraban a mares o gritaban como bestias. Fueron veintisiete horas muy, muy largas. Especialmente cuando ya estábamos a las afueras de Buenos Aires y de repente el tren se detenía durante más de media hora en la mitad de la nada, sin motivo alguno.

El viaje en tren nos dio pistas desde el primer momento de los ritmos diferentes de la capital y el interior.

El viaje en tren hizo que este viaje fuera único.

Punto 2: Hacer dedo

Antes de empezar tenía miedo. En realidad, tenía miedos. Tanto E. como yo intentamos evitarlo sin decirnos nada porque los dos nos sentíamos bastante aterrados de empezar a hacerlo. ¡Cuánto cuesta a veces decir en voz alta lo que en nuestro interior se ve tan claro! Creo que decirlo lo convierte en real, y no queríamos hacerlo más real de lo que ya era. Mis miedos iban más allá de los miedos que hacer dedo plantean a muchas personas y que tienen que ver en general con los millones de cosas horribles que la gente puede hacerte en esa situación. Tenía miedo de no saber dónde colocarnos, en qué carretera, en qué lugar en concreto, cuánto tendríamos que esperar, cómo sabríamos si el lugar donde estábamos era el adecuado o no… Pero así como teníamos todos estos miedos, sabíamos que queríamos superarlos, así que nos compramosAutostop. El manual para viajar a dedo por el mundo, decididos a obligarnos a intentarlo. Y fue una de las mejoras cosas que podríamos haber hecho.

Después de haber pasado la primera noche en un camping a las afueras de Tucumán, decidimos que era el momento de intentarlo. Pretendíamos llegar lo más al norte que pudiéramos. Y entonces todos los miedos que yo tenía se materializaron. Tomamos un colectivo local para acercarnos a Tucumán, pensando que nos dejaría cerca de la autopista. Pero entramos demasiado en la ciudad y cuando empezamos a preguntar en la estación de servicio en la que estábamos parados, parecía que nunca ocurriría. Entonces uno de los guardias de seguridad nos dijo que probablemente sería más conveniente que tomáramos un colectivo o un taxi hasta otra estación de servicio más adelante, donde se juntaba la salida de Tucumán con la autopista que la circunvalaba. Le hicimos caso. Dentro de la estación de servicio había varios camiones, pero todos parecía que estaban durmiendo una siesta y no iban a salir nunca. Intenté preguntar a la gente que estaba cargando gasolina, pero nadie estaba receptivo. Nos colocamos en una esquina, con un cartel y nadie pasó. Un señor que pasaba nos dijo que camináramos un poco y nos pusiéramos debajo de un puente que había cerca. Caminamos, nos colocamos con el cartel y casi todos los que pasaban nos decían que iban a dar la vuelta en el puente.

En un momento sentí que no íbamos a conseguirlo. Todos mis peores presagios estaban haciéndose realidad. Pero intenté pensar que todo iba a salir bien. Fuimos al otro lado del puente otra vez. Esta vez ya sin el cartel, por miedo a que la distancia asustara a la gente, nos pusimos a hacer dedo de la forma más feliz que encontramos. Bajo el sol que pegaba fuerte, E. les hacía señales y yo rogaba bajo mi sombrero de paja. Casi todos volvían a hacernos señales (¡que no entendía!). Me giro de repente y me encuentro que había detrás nuestro un camión enorme parado en el arcén y al camionero al lado haciéndonos señas muy efusivo. Corrimos con las mochilas cargándolas como podíamos. ¡Lo habíamos logrado!

A partir de ahí, todo fue más fácil. Llegamos a Salta en cinco horas, durante las cuales charlamos un poco de todo. Desde la situación del país, historias bizarras sobre gente de Tucumán, la vida personal del camionero (casado y padre primerizo), nuestra vida personal, los caballos que él usaba para carreras, leyendas sobre la ciudad de Salta… Nos dejó cerquita del centro, donde el viaje comenzaría de verdad.

Saliendo de Cafayate nos recogieron 3 franceses, una pareja que estaba haciendo un viaje de un mes y el tercero que estaba haciendo un viaje de un año. Iban a un lugar cerca de donde íbamos nosotros. Hicieron casi 5 kilómetros de más para dejarnos en un lugar que fuera más conveniente para nosotros, porque aún no habíamos llegado a destino.

Esperamos más de una hora hasta que alguien volviera a parar. Era domingo al mediodía en un lugar donde la siesta es sagrada. Después, paró una pareja. Nos habían visto cuando hacíamos dedo en Cafayate y ella le había dicho que parase, pero ya estaban muy lejos. Al vernos otra vez, pararon. Ellos iban de vuelta a casa, después de haber pasado unos días viajando. Su hija pequeña también había viajado a dedo y les había contado muy buenas experiencias. Ellos querían devolver algo de la bondad que ella había recibido. Montamos en la pickup, y disfrutamos sentados al sol durante casi una hora de los mejores paisajes. De carreteras zigzagueantes, ciclo-viajeros pedaleando con todas sus fuerzas, de montañas que parecían pintadas al fondo y llamas en el medio de la carretera.

Punto 3: El silencio

Estoy segura de que si alguien me hubiera preguntado algunos meses atrás sobre mi relación con el silencio le hubiera dicho que era algo tortuosa. Nunca me cayó demasiado bien. Para estudiar amaba escuchar música, el silencio conseguía distraerme. Y cuando en el último año me quedaba toda la mañana sola y no tenía con quién hablar, me ponía la tele, o música o cualquier cosa que hiciera ruido. El silencio era un sinónimo de soledad, de falta de compañía. El silencio me molestaba, me distraía, llegaba a volverme un poco loca y, siempre que se podía, intentaba evitarlo. Como se imaginarán, esa relación cambió bastante recientemente. Aunque sigo siendo una charlatana sin remedio, y me encante comunicar, me he dado cuenta que el silencio es un bien muy poco apreciado. Y lo digo en todos los sentidos. La gente (incluyéndome a mí) hablamos demasiado. Hay veces que hace falta el silencio para escucharse a uno, para escuchar tu cuerpo, para escuchar el entorno, la mosca que vuelva a tu alrededor o las ranas que cantan a la distancia. Es importante escuchar el silencio para sentir la tormenta o conectar con otra persona.

Punto 4: Pequeños grandes privilegios

Cada vez me doy más cuenta de cuántas son las pequeñas cosas que damos por hecho y que en realidad son un gran privilegio. Cuando llegamos a Humahuaca yo tenía muchas ganas de comer verduras, ya que hacía bastante tiempo que veníamos comiendo muchas empanadas, pizzas y asados. Me imaginaba un salteado de verduras en la sartén, acompañado de un poco de arroz. Fuimos a la verdulería y al mercadito, compramos todo lo necesario y fuimos al hostel a preparar la deliciosa cena. Sin embargo, nos encontramos con una cocina que carecía de los implementos básicos para hacer una gran comida: sal y aceite. Es más, me atrevería a decir que sólo con la sal podría haber resultado algo muchísimo mejor. Finalmente cenamos unas verduras cocidas con el arroz, todo bastante insípido (¡que no se ofenda el cocinero, que yo sé que él hizo lo mejor que pudo con lo que había!). Al día siguiente, acampando en Purmamarca nos preparamos esas verduras a la plancha en nuestra mini-cocinilla y una ensalada de tomate. Se me ocurrió que podía ir a pedirle al señor del camping que nos prestase un poco de sal. Él, muy amable, me prestó el salero y me dijo que se lo devolviera luego. Cuando volví a donde acampábamos, pude prever la delicia de comida que nos esperaba, ahora sí, con una pizca de sal por encima y corrí hacia E. con los brazos en alto en signo de victoria. Efectivamente, esa comida la recuerdo como una de las cosas más deliciosas que comimos en el Norte. La sal es un pequeño gran privilegio del que quiero disfrutar todos los días y del que ahora me siento agradecida siempre.

Después, a ese gran privilegio de tener sal, se fueron sumando otros: tener café caliente en el desayuno, poder ponerle un poquito de azúcar o poder comer un poco de pan con huevos revueltos (¡con sal y provenzal!).

Punto 5: El amor incondicional de Tobías

Cuando llegamos a Tafí del Valle, fuimos en busca de un camping. Nos encontramos con que el camping municipal estaba genial, nos encantaron las instalaciones y aunque era un poquitito más caro que el otro, la diferencia merecía la pena. Nos instalamos y poco a poco se empezaron a acercar los perros que vivían ahí. E. empezó a acariciar a uno que se sentó al lado nuestro mientras preparábamos una parrillada para la cena. Y lo nombró: Tobías. Desde esa noche que llegamos, Tobías fue nuestro. Y con nuestro no hablo de pertenencia, sino de fidelidad y de cariño profundo. Se sentó a nuestro lado mientras cocinábamos o tomábamos el sol. Al volver por las tardes de nuestros paseos nos recibió con alegría. Por las noches, cuando unos caballos se acercaron demasiado a la carpa, Tobías ladró para ahuyentarlos. Y cuando vio que nuestra carpa desaparecía y que nos poníamos las mochilas al hombro nuevamente, nos siguió hasta la estación de autobuses y esperó con nosotros durante horas. Sólo se fue cuando, entre el tumulto de gente que esperaba subir al autobús, nos perdió de vista. Lo vimos alejarse lentamente, creemos que de camino al camping. Esperemos que en busca de alguien más a quien amar incondicionalmente durante los 3 siguientes días, por lo menos.