escrito por M.

Hace casi tres semanas que sistemáticamente me siento frente al ordenador o al cuaderno queriendo escribir lo que me pasó en esta llegada a Buenos Aires.

Me cuesta escribir de Argentina, de Buenos Aires y lo que sentí al llegar. Pienso que debe ser que todos los inicios de una nueva etapa se sienten así, porque tengo las mismas sensaciones que cuando nos mudamos al País Vasco. No siento igual que en el resto de los viajes, pero no sé exactamente porqué. La realidad es que lo de afuera no es tan diferente. Será que yo he cambiado mucho.

Quiero contar qué sentí, cómo viví este comienzo del viaje, cómo fue el reencuentro con el país y sus personas. ¿Por qué me cuesta tanto escribir sobre Argentina? Porque lo cierto es que tengo muchísimas más preguntas que respuestas. Hay una especialmente que no puedo quitarme de la cabeza: ¿volví o llegué?

¿Volví porque nací en Buenos Aires y éste es mi punto de origen? ¿O llegué porque soy extranjera en esta ciudad que no siento propia? ¿Volví porque sí siento a Argentina, a su gente y sus costumbres como mías? ¿O llegué porque nadie me reconoce como autóctona? Preguntas y más preguntas.

¿De dónde soy? Me lo pregunto yo. Pero también me lo pregunta casi cada persona con la que me cruzo en la vida. Mi acento desvela la poca personalidad lingüística que tengo y me delata. Cada vez que alguien me pregunta esto, tardo un rato en contestar. Seguro que piensan que soy lenta. La realidad es que no puedo evitar que mi mente vuele. Quisiera poder contarles mi historia, con detalles. Porque no puedo decir: soy argentina. No es verdad. Tampoco puedo decir: soy vasca. Eso tampoco es cierto. ¿Entonces?

¿De dónde soy más? Cuando me lo preguntaban en Argentina parecía que decir que me siento vasca era una especie de traición a la patria. Y decir que me sentía argentina significaba renunciar a mis raíces, a la tierra de mis abuelos. Si me lo preguntaban en el País Vasco, decir que me sentía más vasca daba lugar a que pensaran que era una atrevida al considerarme de esas tierras habiendo nacido en otro hemisferio. En cambio, si decía que me sentía más argentina creerían que no era capaz de integrarme en la sociedad que me brindó tanto.

Estos últimos catorce años me he preguntado constantemente sobre mi identidad. Aunque quizá nunca había sido tan consciente como en este viaje. Creo que el mundo entero se ha acostumbrado a que la identidad se defina muy especialmente por la nacionalidad, por el lugar donde alguien nació o donde pasó la mayor parte de su vida. Así, muchas veces después de haberse tomado el tiempo de escuchar aunque sea un trozo de mi historia muchos acaban diciéndome: “si, si, muy bonita tu historia, pero ¿de dónde eres más?” Como si yo entera cupiera en una nacionalidad.

Quiero poder decirme ciudadana del mundo. ¿Es muy atrevido querer ser de todas partes? ¿Es muy prepotente pretender quedarse con algo de cada lugar al que uno va? Pero también es innegable que después de haber vivido año y medio en Chile, cuando alguien me asusta o me pego un golpe, me sale putear en chileno. Quizá no me quedé con lo más lindo, pero algo quedó. ¿No es posible ir recogiendo pedacitos de países y colgárselos al cuello? ¿No es posible que yo no sea ni argentina ni vasca sino habitante de este planeta?

No creo que exista una única respuesta, ni una verdad absoluta. Aún así, leyendo Identidades Asesinas de Amin Maalouf comencé a entender un poco mejor. En él habla de cómo se conforma el concepto de identidad de las personas. Algunas personas se definen por la nación de la que proceden, dónde nacieron o dónde viven, otros se definen por su grupo étnico o su religión. Hay infinidad de caracteres que conforman la identidad y, en realidad, el conjunto es el que hace la historia particular e individual de cada uno. Pero es la necesidad de formar parte la que nos hace definirnos según un grupo al que pertenecemos.

¿Y yo, que pasé la mitad en un lugar y la mitad en otro? ¿Qué me define? Me doy cuenta de que cada día me siento menos identificada con las nacionalidades. Cada vez me gusta más intentar quedarme con lo que me ofrezca cada lugar, cada cultura. Y, muy especialmente, cada persona que se cruza en el camino.