El día que decidimos salir de Bariloche diluvió. Fue el primer día que nos tocó lluvia fuerte en el viaje. Decidimos que no era un buen día para salir a hacer dedo. Y como ya teníamos las mochilas listas (que nos costó bastante armar después de 3 semanas en el mismo lugar), aprovechamos a descansar nuestras mentes, ver alguna película y dormir. Al día siguiente salimos hacia El Bolsón, con la intención de llegar en menos de diez días hasta Puerto Natales para, esta vez sí, visitar las Torres del Paine.

A diferencia de otros momentos del viaje, teníamos planificados las noches exactas que pasaríamos en cada lugar: 2 en El Bolsón, 3 en Esquel, 2 en Caleta Olivia, 2 en Río Gallegos. Eso era todo lo que podíamos permitirnos para llegar dos días antes del día que debíamos entrar en el P.N. Torres del Paine y poder prepararnos bien.

Así que partimos rumbo al sur nuevamente, un poco más acelerados de lo normal y con muchas ganas por todo lo que venía. La primera parada fue El Bolsón y de ahí nos fuimos a Esquel.

Nosotros en El Bolsón

Nosotros en El Bolsón

Cerca de Esquel se encuentra uno de los Parques Naturales más hermosos de Argentina (según nos han comentado): el Parque Natural Los Alerces. Es uno de los lugares que mucha gente nos había recomendado y uno de los que teníamos en la lista como imperdibles. Sin embargo, cuando estábamos acercándonos por la zona hablamos con Xino-Xano Latinoamérica, a quienes habíamos conocido anteriormente en Ushuaia y ellos estaban también por allá. Así que decidimos cambiar nuestra lista y poner en el número uno de imperdibles a aquellas increíbles personas en lugar del Parque. Y no nos arrepentimos para nada.

Nos encontramos con ellos en el pueblo de Esquel, nos abrazamos y les entregamos (¡por fin!) el regalo que habíamos ido a buscar en el Parque Nacional Tierra del Fuego de parte de sus amigos canadienses (lo contamos mejor en este post). Fue un momento hermoso.

En Esquel, entregando el regalo

Entregándole a Eva el regalo de sus amigos canadienses

Al día siguiente pasaron a buscarnos temprano en la mañana para ir juntos hasta la laguna La Zeta. Era un día hermoso de sol, pero debajo de los árboles se estaba muy bien. Eva y Juan Carlos armaron en un momento una mesa y unas sillas para que todos nos sentásemos a conversar. Mientras tanto los gatos andaban libres por la zona, haciendo sus necesidades, jugando con las piñas de los pinos, disfrutando como nosotros de la naturaleza. Nosotros nos pusimos al día de nuestras andanzas y de nuestros planes a futuro. Hubo alguna clase de fotografía exprés. Y, muy especialmente, mucha charla sobre la vida y los viajes.

reencuentros

Descubrí que, aunque estoy convencida de que la decisión que tomamos es la que quiero y la que vuelvo a elegir cada día, muchas veces es difícil y agotador tener que estar explicándole a cada persona el porqué. No son pocos los que cuestionan lo que hacemos o los que piensan que para hacerlo hay que tener millones en la cuenta bancaria o unos padres que te lo pagan todo (la cantidad de veces que nos preguntan si somos estudiantes es abrumadora). Y descubrí que a veces es necesario y especialmente reconfortante conversar con quienes no debes excusarte o explicarte. Sentí como me llenaba de energía viajera, de enormes ganas de conocer muchos lugares, de contagiar las sensaciones extraordinarias que se pueden vivir mientras se viaja y, sobre todo, de seguir compartiendo con gente tan excepcional como son ellos.

Así pasaron los días en la laguna La Zeta. Cocinamos en la Kukis (la kombi de Xino-Xano) y comimos bajo los árboles. Conversamos mucho. Dimos un paseo por el borde de la laguna.

Laguna La Zeta

Acampamos en la naturaleza. 

Acampando en la naturaleza

Sacamos fotos por la noche y vimos la Estación Espacial Internacional.

La Estación Espacial Internacional cruzando el cielo

La Estación Espacial Internacional cruzando el cielo

Y algunos (E.) hasta madrugaron para ver la bruma sobre la laguna y la fauna recién despertándose.

Salimos de Esquel con pena por la despedida, pero con una alegría inmensa por el reencuentro. Y ahí nos esperaba el trayecto más largo que habíamos hecho hasta el momento: Esquel-Caleta Olivia: 635 km. Al principio parecía que iba a estar complicado llegar ese mismo día. Pero como suele suceder cuando uno viaja a dedo ocurrió lo inesperado. La persona que nos levantó iba hasta Comodoro Rivadavia, a tan solo 69 km de Caleta Olivia.

La primera vez que habíamos llegado a Caleta Olivia, Lilian nos había recibido de forma muy cariñosa. Pero después del tiempo que ha pasado, en este reencuentro, la sentimos aún más cercana si cabe. Hablamos mucho de todo y, muy especialmente, de las dificultades de las relaciones humanas y el amor.

En Caleta Olivia:

· Pescamos en la playa y escuchamos música desde el celular con L. y su hija· Hice los ejercicios para la recuperación de la rodilla con L., que me acompañó para que no me sintiera tan sola y ridícula. De fondo, música de gimnasio para motivarnos.

· Vimos un eclipse de sol y aluciné con la bajada de temperatura repentina y con los ladridos de los perros.

Eclipse solar desde Caleta Olivia

Eclipse solar desde Caleta Olivia

Nuevamente partimos apenados, pero con las pilas más que cargadas. Reencontrarse con la gente linda que conocemos en el viaje es definitivamente un chute de energía.

Vamos a Río Gallegos donde nos sorprendemos al encontrar una ciudad completamente gris, en todos los sentidos. A pesar de que nos habían dicho que era una ciudad fea, sentimos que es mucho más que eso. Es lúgubre y triste.

Un amigo de Carlos, el chico que nos recibió en Río Gallegos por CouchSurfing, nos acercó hasta la frontera (¡gracias!) y de allí hicimos dedo hasta Puerto Natales.

Lo conseguimos. Desde Punta Arenas a Puerto Natales, pasando por Bariloche.

Y así es como termina el episodio de la recuperación de mi rodilla.