Ushuaia querida:

Te escribo esta carta porque tengo muchas cosas que decirte y no daba para mandarte un mensaje así nomás. ¿Vos sabés cómo te conocí? ¿Alguna vez te conté esa historia? Mirá, yo acababa de empezar el segundo curso de primaria cuando llegó una nueva nena a la sala. Su nombre era Aylin. Ella venía de un lugar que quedaba muy lejos: Tierra del fuego. Su familia acababa de mudarse a Buenos Aires, así que para ella todo era nuevo. Para los demás, y sobre todo para mí, todo lo que ella había vivido era de otro planeta. Teníamos siete años. Y ahí fue cuando por primera vez oí hablar de vos.

Te juro que desde el primer momento me generaste una curiosidad sin límites. Seguro que Aylin se hartó de responder a mis preguntas. Pero igual las contestaba. Me contaba que tus inviernos eran re difíciles y que sufrías de frío incluso en verano. Y que muchas veces te colapsabas por la cantidad de nieve y que entonces se tenían que quedar en casa en vez de ir al colegio. Yo no lo podía ni creer. Parecía sacado de una película: “Ushuaia, la ciudad donde los chicos no van a la escuela”.

Recuerdo haber sentido curiosidad porque me parecías un lugar inhóspito, inexplorado e increíble (aunque seguramente a esa edad no hubiera usado esas palabras). Pero debo confesarte que sabía (sentía con certeza que así sería) que era un lugar al que nunca tendría la posibilidad de ir. Y me parecía muy triste no poder verlo con mis propios ojos. Nunca imaginé que 21 años más tarde estaría llegando a vos, a conocerte, a caminarte, recorrerte, saborearte. 

Te pusiste linda para recibirnos. No sé si estabas esperando el encuentro tanto como nosotros, pero sí sé que te arreglaste y te pusiste tus mejores galas para recibirnos. Y sí, no supimos apreciarlo apenas te vimos. Nos parecía natural el sol en tu cara. Descubrimos mucho más tarde, y a base de aburrirnos, que te gusta más la luz entre las nubes. Detrás del maquillaje nos sorprendió lo descuidada que estabas. Decime, ¿el turismo no te deja lo suficiente para ponerte unas calles sin pozos y unas veredas nuevas? Sí,  ya sé lo que vas a decirme, Ushuaia. Está claro que tenés unas cualidades excepcionales. La cordillera de los Andes te atraviesa la columna y cuelgan de tu cabeza unos cuantos glaciares. Cubren tu cuerpo los bosques de lenga y baña tus venas el Canal Beagle.

Tuviste un mes rebelde. Parece que se te olvidó que estábamos en verano. Ese sol que me parecía tan natural el primer día, se me terminó olvidando cómo calentaba después del mes que te vimos. ¿A vos te parece lo de nevar en pleno enero? Eso sí, debo admitir que por lo menos nos colocaste en una situación única. Descubrimos que la gente que te habita es bastante particular. Y nos costó muchas veces entenderlos. Eso me generó algún que otro rompedero de cabeza, pero me enseñó a intentar sacar lo mejor de cada situación aunque no sea la ideal.

Fuiste el escenario de muchos momentos especiales en este viaje: el día más largo del año (y de nuestras vidas), las primeras fiestas de E. en verano (y con un frío tremendo), tener una vida social más ajetreada que en casa, trabajar con mucha gente en equipo y ver los resultados, empezar a hacer amigurumi con la idea de venderlos, ir al teatro a ver a Milonga Rutera (y reír a carcajada limpia), los trekking en tu naturaleza salvaje (visitando glaciares, lagunas, montañas), las tardes-noches de juegos con Eli y Manza y aprender a cultivar la imaginación, conocer a un montón de gente que conformaron la tela de araña que nos atrapó allá.

Vos, Ushuaia, fuiste un hito en el viaje. En nuestros planes fuiste un punto imprescindible para los dos. Yo con mis recuerdos de chica y esas imágenes que tenía de vos a través de los ojos de una niña. E. con las historias contadas por su padre. Debo decirte que a pesar de tus días grises, a pesar de tus calles rotas, a pesar de tu gente incomprensible, a pesar de la lesión en la rodilla, te robaste nuestros corazones para siempre. No nos decepcionaste para nada. Porque tenés los poderes de Elsa para congelarlo todo y al mismo tiempo vivimos en vos algunos de los momentos más cálidos. Porque no hay mayor prueba de amor para un viajero que la sensación de querer volver.

¡Hasta la próxima!

M.