¿En qué consiste WorkAway?

WorkAway es una plataforma que permite contactar a personas que tengan un proyecto y precisen de ayuda (anfitriones), con otras que busquen intercambiar horas de trabajo por alojamiento y comida (workawayers). Es ideal para viajeros o para cualquier persona que esté buscando aprender alguna nueva habilidad sin tener gastos de manutención. Aunque pueda parecer evidente, es más que nada una oportunidad increíble para conocer a la gente local, sus costumbres y aprender mucho más sobre los lugares que visitamos.

¿Por qué decidimos hacer WorkAway?

Desde que empezamos a planificar el viaje sabíamos que queríamos hacer distintos tipos de voluntariados. Nos tentaba la idea de poder ayudar a distintos proyectos y de paso “descansar” un poco del constante movimiento en el que a veces se convierte el viaje. Sabíamos que queríamos viajar lento y esta era una buena forma de poder parar un tiempo en un lugar.

Además nos permite: ahorrarnos los gastos de alojamiento y comida (que es donde se va mayor cantidad de dinero normalmente), aprender a hacer cosas nuevas, ayudar en proyectos que nos interesan y aportar nuestros conocimientos, y muy especialmente conocer más a fondo la vida cotidiana y la cultura de la gente y el país que visitamos

La búsqueda del proyecto

Cuando empezamos a planificar los siete días por la costa de Uruguay, nos pareció buena idea quedarnos en el país un poco más y de paso tener nuestra primera experiencia WorkAway. Empezamos entonces a investigar los distintos proyectos en todo el país, ya que no teníamos preferencias en cuanto a la localización. Por un lado era ventajoso porque teníamos muchas más opciones. Por otro lado había un número muy grande de proyectos que se podían ajustar a lo que queríamos. Buscábamos principalmente algún proyecto sostenible y que las personas que lo llevasen nos transmitieran buena onda. Al fin y al cabo, iba a ser la primera experiencia WorkAway. No sólo buscábamos aprendizaje e intercambio, sino poder disfrutar y sentirnos relajados mientras lo hacíamos.

Yo me rendí rápido: había demasiadas opciones y no podía decidirme por ninguna. Le pasé la posta a E. y pronto lo tuvo claro. “He encontrado un proyecto de una familia de vascos que me transmiten muy buena onda” -me dijo. Yo no estaba nada convencida al respecto. Mi argumento era que viniendo desde el País Vasco, me parecía que era más enriquecedor colaborar con uruguayos que con vascos. Quería conocer a fondo Uruguay y me parecía importante estar con gente del lugar. Soñaba con experimentar su día a día, conocer su forma de entender el país… Pero E. insistió mucho, él estaba convencido. Finalmente acabé por confiar en su intuición y no me equivoqué. 

Cuando E. se decidió por este proyecto, decidimos lanzarnos de lleno y mandarles únicamente a ellos un mensaje. Nos contactaron rápidamente y empezamos a ponernos de acuerdo sobre cómo sería nuestra llegada y estancia allá. A medida que se iba acercando el día ambos estábamos un poco nerviosos. No teníamos ni la menor idea de lo que podíamos esperar. Todo era incierto.

La casa de la familia

La casa de la familia

 

Primeras impresiones

El día señalado esperábamos en la plaza de Rocha, capital del departamento de Rocha, que tiene 26000 habitantes aproximadamente. Muestra más carácter de pueblo que de ciudad. Es tranquila, pausada y amable. Nos sentamos con las mochilas en un banco de la plaza porque nos quedaban unas horas de espera. De repente, se nos acerca una chica y nos pregunta a ver si somos nosotros los workaweyers. Era O. (ella), una de los cuatro integrantes de Lauburu, que se estaba yendo hacia Buenos Aires. Nos quería avisar que más tarde vendría una de las vecinas a buscarnos y llevarnos hasta su casa. 

Al de un tiempo vino a buscarnos. Fue nuestro primer contacto con una realidad distinta. Nos contó un poco sobre ella, su historia, sobre la Sierra, sobre Lauburu (el proyecto en el que íbamos a trabajar). Después, nos llevó hasta la puerta del que sería nuestro hogar por un mes. Nos dijo que pasáramos hasta adentro, nos instalásemos cómodos en la terraza y esperáramos a que A. (él) volviera de buscar a los niños de la escuela. Y eso hicimos. 

Sierra de Rocha nos recibió con los brazos abiertos y nosotros nos dejamos querer. 

La familia Lauburu

Familia Lauburu, nustros anfitriones de WorkAway

Familia Lauburu

Lauburu, que significa cuatro cabezas en euskera, es el nombre que decidieron darle a este proyecto del que fuimos partícipes por un mes (para conocer más del significado del nombre y del proyecto en sí entra en su página web). Ambos son del País Vasco y llevan un tiempo viviendo en Uruguay, donde han nacido sus dos hijos. Todos y cada uno de ellos se llevaron un trocito (muy grande) de nuestros corazones. 

El intercambio: alojamiento y comida – trabajo

Siendo nuevos en esta red, no sabíamos muy bien qué esperar de este intercambio. ¿Sería algo justo? ¿Estaríamos explotados trabajando? Desde que conocimos a la vecina que nos fue a buscar intuíamos que la experiencia iba a ser buena. Pero a medida que fueron pasando los días y las semanas, nuestra intuiciones se confirmaron y con creces.

Aquel día, después de esperar un rato a que él volviera con los niños de la escuela, conocimos el que sería nuestro espacio. Éste consistía de una cabaña de madera construida en la torre del agua. Dentro de la cabaña teníamos un colchón matrimonial, con sábanas, una manta de lana muy hermosa y unos sacos de dormir por si aún así teníamos frío. Además, había unos cuantos cajones de fruta colocados en las paredes que oficiaban de estanterías donde podíamos guardar nuestras cosas. Sacamos las cosas que íbamos a necesitar de las mochilas y las subimos a nuestra cabaña. Y las mochilas las dejamos en la casa de ellos. 

Nuestra cabaña en las alturas

Nuestra cabaña en las alturas

Así como teníamos un poco de miedo con respecto a dónde nos alojaríamos, el tema de la comida me aterraba un poco. ¿Qué pasaba si nos mataban de hambre? ¿Tendríamos que acabar comprando comida aparte y comerla a escondidas? Yo me imaginaba que este tipo de cosas podían ocurrir. Sin embargo, no tuvimos ningún problema. Es cierto que nosotros somos buenos comiendo, que no le hacemos ascos a nada. Pero también es verdad que ellos nos ofrecían todo. Cocinaban una cantidad siempre abundante para que no nos quedásemos con hambre. Compartían todo lo que comían ellos con nosotros, desde lo más básico como el pan hasta los vicios como el chocolate. Además de abundante, la comida era siempre muy rica. 

Trabajando

¿Y el trabajo? ¿Y el horario? Siendo la primera experiencia WorkAway, agradecimos mucho la flexibilidad. Aunque el horario para trabajar era desde las 9.00 hasta las 14.00, siempre hacíamos una parada a media mañana para tomar un té o comer una fruta. Eran entre 4 y 5 horas al día, cinco días a la semana. El trabajo consistía en:

  • mantenimiento de la casa (pintar paredes, pintar el deck)
  • huerta orgánica (siembra, trasplante, riego, sacar malas hierbas, búsqueda de tierra, búsqueda de paja, preparar plantines, mantenimiento de los caminos)
  • construcción (jaulas para conejos, cocina económica)
  • cuidado y mantenimiento del entorno (cortar la hierba, rastrillar y recoger la hierba, sacar las malas hierbas)

Aunque no parezca mucho, detrás de muchas de estas tareas hay un trabajo por parte de ellos de contestar a las miles de preguntas que les formulábamos todos los días. Por un lado, para realizar las tareas de forma adecuada y por otro, para poder llevarnos un buen aprendizaje. 

La comunidad de vecinos

Lauburu está integrado dentro de una comunidad de vecinos de unas 60 personas aproximadamente. En general, cada familia tiene un terreno propio (en algunos casos los terrenos se han comprado entre varias familias) y un proyecto propio. Entre los distintos proyectos hay quienes se dedican al cultivo orgánico y la venta de sus productos, el cultivo de plantas medicinales y la producción de productos de farmacia a partir de las mismas, la ganadería sostenible, criadero de caballos y paseos turísticos con ellos.

La Tahona

Además, tuvimos la oportunidad de conocer una de las cosas que más nos atrapó de este lugar: el trabajo comunitario. Uno de los fines de semana que pasamos en la Sierra, una de las vecinas convocó una minka o minga, que en quechua significa “trabajo colectivo hecho en favor de la comunidad”. La organización de este evento consistía en un primer momento en la convocatoria por parte de alguno de los vecinos a hacer este trabajo comunitario, ofreciendo a cambio una ración de comida. En este caso la convocatoria era para realizar un montón de tareas distintas en la casa. La principal era la creación de una huerta que atendiera a los principios de la permacultura empezando desde cero, la construcción de un galpón para guardar herramientas y desmalezar una zona del jardín para después protegerlo. 

A pesar de que en principio la anfitriona era la que ofrecía comida, muchos de los vecinos que acudían al evento llevaban algo para colaborar: una torta de chocolate, un fainá o una ensalada. Al llegar nosotros, ya había mucha gente trabajando. E. se puso a construir junto con otro chico el galpón. M. fue junto con otra gente a recoger bosta de vaca y caballo al campo del vecino. Después de haber acabado con las tareas de la mañana, nos ofrecieron un plato y un cubierto a cada uno (en algunos casos tuvimos que compartir plato porque no había suficientes) y cada uno se iba sirviendo lo que quisiera de comida. Había muchas cosas y muy variadas. 

La comunidad reunida para la minka

La comunidad reunida para la minka

Después de comer, sonaron las guitarras y la gente se puso a cantar, a reposar la comida y compartir charlas. Al de un tiempo, cuando la comida ya había bajado nos pusimos a trabajar nuevamente. Esta vez, nos pusimos a armar la huerta. Mientras tanto había algunos que seguían llegando y otros que ya se habían retirado. Después de dejar el tema de la huerta más o menos definido, nosotros también nos fuimos a casa. 

Esta forma de organización y trabajo comunitario fueron una de las mejores cosas que vimos en Sierra de Rocha. Donde entendimos que los proyectos individuales no tienen porqué entrar en competencia, donde si todos trabajamos para conseguir lo mismo todo resulta más fácil, sencillo y hermoso. Nos dimos cuenta cómo muchas veces en nuestro entorno no conocemos al vecino que vive en el piso de al lado, no sabemos nada de su vida, no sabemos ni se nos pide colaborar para mejorar sus vidas. Sin embargo aquí, es común que todos participen activamente para que uno de los tantos proyectos individuales pueda mejorar, y que las personas puedan acercarse a cumplir sus sueños y expectativas. Conclusión: con un poco de trabajo de cada uno, todos acabamos ganando mucho más. 

Después de todo esto… ¿volveríamos a hacer WorkAway?

La respuesta es: definitivamente sí. De hecho, ya estamos mirando nuevos proyectos con los que colaborar. Fue una experiencia inolvidable e inigualable. Fue tan enriquecedora que por un lado nos da miedo tener el listón demasiado alto y que en otras ocasiones salgamos un poco decepcionados. De todas formas, sin intentarlo nunca lo sabremos. Así que.. ¡allá vamos!