La memoria es algo curioso. Cuando estamos en movimiento constante, conociendo a gente nueva, recorriendo nuevos paisajes hace un esfuerzo increíble por retenerlo todo. Quizá no recordamos todo, pero hay tanto para recordar que siempre algo se queda. Y ese algo es lo que después nos impulsa a seguir viajando, todas esas experiencias, tanto las buenas como las malas, las anécdotas que después perduran.

Sin embargo, los días que estamos quietos, que seguimos una rutina, aunque en teoría deberían ser más fáciles de recordar (porque suceden menos cosas o cosas que conocemos mejor), al final terminan perdiéndose, terminan siendo todos uno y no podemos diferenciar lo que pasó el sábado del lunes.

Por eso cada vez que me pongo a escribir sobre los lugares en los que hemos estado más tiempo, me cuesta saber qué contar. Me pasó con Buenos Aires, me pasó con Sierra de Rocha, con Ushuaia y me pasa ahora con Bariloche.

Así que, no prometo ser muy fiel a la realidad. Esto es lo que recuerdo de los días tranquilos que pasamos en Bariloche.

Capítulo 1: kinesiólogos

Si fuimos a Bariloche en este momento del viaje fue única y exclusivamente porque en Punta Arenas me dijeron que tenía muy probablemente un menisco roto. Así que la llegada fue algo difícil desde el punto de vista psicológico (aunque también desde el punto de vista práctico). Era la primera vez que teníamos que cambiar de plan de viaje por algo “de fuerza mayor” y no porque a nosotros nos daba la gana hacerlo. Tenía mucho miedo de (en este orden de prioridades):

  1. perder los vuelos a Isla de Pascua,
  2. tener que cancelar el viaje y volver a casa
  3. no poder volver a hacer trekkings largos nunca
  4. tener que estar seis meses recuperándome de la operación de rodilla
  5. la operación.

En este momento me sentí muy afortunada de haber contratado un seguro médico para el viaje. Si no lo hubiéramos hecho, en este momento se nos hubiera ido seguramente la misma cantidad de dinero que pagamos por el seguro por los dos, o más. El seguro consiguió ponernos en contacto con un médico particular que fue el que gestionó todo personalmente. Tuve la cita con él y me confirmó que lo que me había dicho el médico en Punta Arenas era correcto: muy posiblemente tenía el menisco roto, pero había que esperar a hacer la resonancia magnética y ver los resultados.

La espera se hizo eterna, yo sólo quería saber qué era lo que tenía. Mientras tanto, aprovechamos para hacer algún paseo en la naturaleza. Estar tanto tiempo encerrada me estaba volviendo loca, la caminata me devolvió un poco la sensación de ser yo, de estar viva. Y después llegó el momento de saber la verdad.

Fui a la consulta muy asustada. Todos mis miedos podían concretarse en ese mismo momento. Afortunadamente los resultados jugaron a mi favor. No tenía el menisco roto, así que no tendría que operarme. Tenía una inflamación en la grasa de Hoffa –una grasa de la que no había oído hablar en mi vida. Eso significaba que iba a necesitar hacer un tratamiento con un kinesiólogo y ver cómo iba evolucionando. De momento iba a tener que olvidarme de las Torres del Paine, pero no tenía que volver a casa y cancelar el viaje.

Y entonces empecé con las sesiones de kinesiología. Se suponía que eran 5 sesiones de una hora, pero en el centro se portaron conmigo de maravilla. Todas las sesiones fueron de entre 2 y 3 horas cada una. Durante esa semana me dediqué a cuidar mi rodilla y mi cuerpo como un templo. Ejercicios para fortalecer los cuádriceps. Estiramientos. Hielo 3 veces al día por 20 minutos. Y las sesiones, en las que me ponían electroestimulación, me hacían masaje y me enseñaban a hacer distintos ejercicios.

Ahí descubrí que el problema que tengo en la rodilla viene causado por la terrible manera que tengo de caminar. No apoyo bien el peso en los pies y por eso se resiente la rodilla. Creo que nunca podré olvidar a uno de los dos kinesiólogos imitando mi forma de caminar y sentirme Quasimodo.

Después de una semana intensa, otra cita más con el médico. Me dice que de momento parece que estoy bien, que puedo continuar el viaje. Eso sí, debo cuidarme y continuar haciendo los ejercicios que me han mandado los kinesiólogos. Yo quiero hacerle caso, pero sé que en breves estaré caminando por Torres del Paine. Para compensar me pongo las pilas con los ejercicios y los hago todos los días, sea donde sea, por más vergüenza que me de.

Capítulo 2: sentirse en familia

Cuando llegamos a Bariloche mi tía y mi primo no están. Ella ha vivido en esta ciudad por casi 30 años. Y, para mí esta ciudad son ellos. Ella está en otra zona de Argentina ahora y mi primo está en la casa de mis padres, en el País Vasco. Parece que hemos hecho intercambio.

Como ellos no están y la casa de mi tía está ocupada nos recibe una amiga de la familia (la hermana de Laura, que nos recibió en Mar del Plata unos meses antes). Ana, su marido y sus dos hijos nos reciben en su hogar en el que estaremos algo más de una semana. A Ana le encanta cocinar y lo hace muy bien. Entre ella y Erlantz nos deleitan cada día con distintos platos deliciosos. Muchos días siento que no hago nada más que comer todo el día.

Cena en familia

Hacemos algunos planes lindos:

· ir a pasear a Circuito Chico con Elías 

Circuito Chico con Elías

· ir al Refugio Berghoff a cenar para festejar el cumpleaños de Ana y aprovechar para disfrutar desde allí la salida de la luna llena detrás de los cerros

luna llena en Refugio Berghoff

· vamos con Natán a comprar cerveza artesanal a Dagda House Beer para acompañar la cena

· cenamos moussaka en la casa de Gloria (hermana de Ana y Laura) y nos invitan a que hagamos una muestra de las fotografías que ha sacado Erlantz hasta el momento.

Después, nos mudamos a la casa de mi tía y hacemos vida de familia pequeña: estamos solos. Nos cocinamos cosas simples y sabrosas. Bajamos a la playa que está en frente a tomar sol y escribir. Dormimos hasta tarde. Vemos películas y series.

Mi tía se hace un hueco en su agenda y viene a Bariloche con una amiga para estar con nosotros. Ahí la casa empieza a tener más vida. Preparamos más comida y comemos los 4 juntos alrededor de la mesa. Conversamos sobre temas variados: política, feminismo, viajes y lugares que podemos visitar sin estropearme la rodilla.

Con ella hacemos planes divertidos:

· vamos a tomar cerveza a la cervecería artesanal La Cruz

· hacemos un asado al mediodía en la casa de una amiga

· nos lleva para que conozcamos el Parque de Los Arrayanes en Villa la Angostura y después nos da un paseo para mostrarnos la casa presidencial donde Evita Perón estuvo presa

Relax después de caminar 13 kilómetros

Relax después de caminar 13 kilómetros

· vamos a ver la base del Cerro Catedral, el centro de esquí más grande de Sudamérica

· nos lleva hasta la base del Cerro Campanario porque según dicen (y nosotros comprobamos) es la vista más linda de Bariloche.

Vista desde el Cerro Campanario

Ella se va y nosotros nos preparamos para irnos también. Se nos acaba la vida de familia y empieza el movimiento otra vez.

Capítulo 3: amigurumi

Aprendí la técnica para hacer amigurumi mientras vivía en Valparaíso, allá por el año 2012. Ya hacía mucho que practicaba el tejido y quería aprender a trabajar con algo diferente. Encontré que podía hacer muñequitos muy tiernos y poquito a poco, y gracias a la fuente inagotable de conocimeintos que es Internet, conseguí ir aprendiendo. Al viaje me había traído algunos hilos de colores y alguna aguja de crochet por si me agarraban muchas ganas, para tener algo que hacer con las manos.

En Uruguay, en Sierra de Rocha, le hice unos muñequitos a los niños y su madre me dijo que podría dedicarme a venderlos como artesanía para ganar algún dinerito. Me quedó la idea rondando por ahí. En Ushuaia alguien me repitió lo mismo. Me compré el primer material y empecé a hacer cosas pequeñitas que me llevaban muchísimo tiempo. En Punta Arenas me compré más hilos de algodón de varios colores y pensé en hacer muñecos más grandes, pero no terminaba de decidirme cómo hacerlo.

Fue recién en Bariloche cuando teniendo mucho tiempo para meditar empecé a hacer pruebas con los hilos y a hacer unos diseños propios de muñecos. Tardé mucho en conseguir algo que se aproximara a lo que tenía en mente. Pero lentamente y con la ayuda de E. que me iba aconsejando fui consiguiendo unos muñecos que me gustaron bastante.

Ahí vendí los primeros 4: dos conejos, un gato y un oso (con cara de ratón).

Capítulo 4: tomas falsas

Mientras estábamos en Bariloche nos llegó un e-mail de Itziar y Pablo, los organizadores de las Jornadas de los Grandes Viajes. Nos pedían si podíamos hacer un vídeo motivador para mostrarlo durante las Jornadas en Madrid, ya que un año atrás habíamos estado allá mismo presentando nuestro proyecto de viaje y el blog que acababa de nacer. No lo dudamos, nos pareció una propuesta exquisita y empezamos a pensar cómo y dónde podríamos hacerlo.

El primer paso era escribir el guion de lo que íbamos a decir. La dificultad: decir algo con sentido en 30 segundos que debía durar el vídeo. Cuando estaba decidido lo que diríamos cada uno pasamos a la fase dos: practicar delante de la cámara. Yo me sentía como Chandler en la serie FRIENDS, cada vez que aparecía la cámara delante de mí, mi cara se retorcía, mi mente se ponía en blanco y no era capaz de decir las frases acordadas. O, cuando conseguía olvidarme de la cámara, E. se inspiraba y repetía 15 veces la misma palabra en una frase. Entonces los dos nos echábamos a reír a carcajadas.

Así es que tardamos 3 días en conseguir grabar el vídeo de 30 segundos. Y a pesar de haberlo mandado, hubo una parte que queríamos grabar al final que la tuvimos que cortar porque ya no daba para seguir haciendo más tomas. Resultado: tenemos como 1 hora de tomas falsas que hemos guardado para poder reírnos cada vez que nos entren ganas. Y esperamos también que un vídeo un poco inspirador para aquellos que aún no se animan a empezar a viajar.