Antes de salir de viaje pensamos que había ciertas cosas que no seríamos capaces de sobrellevar. Ciertas cosas que quizá si nos hubieran dicho que iban a suceder durante el viaje, casi hubiéramos preferido no salir.

Sin embargo, a medida que van pasando los días, las semanas, los meses, nos hemos ido dando cuenta de la relatividad de todo en esta vida. Cómo en un momento dado somos capaces de flexibilizar hasta las cosas que en otros momentos hemos considerado imprescindibles. Y cómo la mínima cosa que en nuestra casa dábamos por hecho, a veces se convierte en un lujo.

¿Hasta dónde somos capaces de adaptarnos a los cambios? ¿Cuáles son nuestros propios límites? Está en cada uno encontrar la respuesta. Lo que es seguro es que es imposible llegar a conocerlos sin salir de nuestra zona de confort. Límites que, al fin y al cabo, son los que nos permiten conocernos mejor, valorarnos más y valorar también todo a lo que tenemos acceso que a veces damos por hecho.

Éstas son las historias de cómo descubrí algunos de mis límites.

Límite 1: Boris

Llegamos a Sierra de Rocha un día de octubre a media tarde. Al de un rato llegó A. (él) y nos puso al tanto de cuáles serían nuestras obligaciones y espacios. Dejamos algunas de nuestras cosas en la cabaña (en la torre del agua) donde dormiríamos y el resto en la casa principal.

Nuestro espacio

Nuestro espacio

Cenamos todos juntos, recogimos la cocina y nos fuimos a nuestra cabaña. Subimos despacio la escalera y entramos los dos. E., armado con una linterna, se puso a inspeccionar el techo en busca de bichos. ¡Había un montón! Estábamos un poco espantados. Pero nos dimos cuenta pronto que era imposible quitarlos todos. Como se suponía que ya habíamos dejado de hacer la inspección, yo me senté sobre el colchón para empezar a cambiarme para ir a dormir. E. continuó inspeccionando cada esquina, siendo bien meticuloso como es él siempre.

De repente dice ¡Hostia! y da un salto hacia atrás. Yo tardo un poco en reaccionar y mirar hacia donde estaba apuntando con la linterna. Entonces…

Yo soy Boris, la tarántula

¡Hola! Yo soy Boris

Me levanté del colchón instantáneamente. El corazón me empezó a latir demasiado fuerte. Sin pensarlo mucho le dije a E. que bajaría a buscarlo a A. para que la quitase de la habitación. No había otra forma de que yo me acostase a dormir ahí esa noche. Fui a buscarlo. No se sorprendió ni se alarmó. Si, es una tarántula -me dijo. Los voluntarios que estuvieron antes le pusieron el nombre de Boris. Dormían con ella -continuó. Yo lo miré y me reí. Dándole a entender que yo no iba a ser como los voluntarios anteriores. Que ni se le ocurriera que Maite iba a dormir con una tarántula dentro del mismo espacio. NI LOCA. Fue hasta nuestra cabañita, la metió dentro de un tupper que se había llevado y la dejó en algún lado del terreno. Yo me quedé ya tranquila de que no había arañas dentro de nuestra casa y me dormí profundamente.

Unos días más tarde, mientras subíamos en estado de alerta 4 las escaleras a nuestro hogar, E. vio nuevamente a Boris en la parte exterior del techo. Entonces supimos que había vuelto. Esa noche nos costó un poco más quedarnos dormidos. 

Desde ese día en adelante nuestros encuentros con Boris fueron frecuentes. Nos veíamos día por medio, más o menos. Los encuentros variaban. Algunos días mientras hacíamos la inspección a la cabaña -cosa que se convirtió en un ritual obligatorio antes de ponernos a dormir- conseguíamos ver sus patas de adelante asomar en alguna rendija del techo. Esos eran los días mejores. Otra vez, después de haber hecho la inspección completa y haber entrado los dos, cerramos la puerta de cristal y nos la encontramos pegada sobre la misma puerta que acabábamos de cerrar. Esos días ya no eran tan buenos.

El último día cuando estábamos terminando de recoger nuestras cosas nos dimos cuenta de que Boris no había aparecido la noche anterior para despedirse de nosotros. ¡Ay, cuánto nos equivocamos! Cuando saqué y le di la vuelta a la última bolsa impermeable que quedaba sobre el estante, a dos centímetros de mi mano, ahí estaba. Yo grité como en las películas de terror y di un salto de una punta de la cabaña a la otra (que no era muy grande, pero aún así fue un tremendo salto). E., que no entendía qué estaba sucediendo, gritó conmigo un rato y me abrazó fuerte. Después, en algún punto al ver a Boris nuevamente frente a él, se dio cuenta de qué era lo que había pasado. Y Boris se despidió de nosotros entre risas. Bueno, seguro que las arañas no se ríen, pero yo me lo imagino riéndose de lo ridículos que debimos vernos los dos gritando como locos. 

Boris comiendo

Boris comiendo

Y obviamente en ningún momento llegamos a adorar dormir con Boris. Y en ningún momento deseábamos encontrárnosla. Pero la realidad es que siempre pensé que nunca jamás llegaría a dormir ni una noche con una araña de semejante tamaño en el mismo espacio. Y, finalmente, terminé durmiendo con ella por un mes entero. Chau a uno de los límites que pensé inquebrantables.

Mi lado salvaje empezó a moldearse así. Gracias Boris. 

Límite 2: La ducha

Llegamos a la Sierra después de haber asistido al casamiento de mi amiga Estefi, en el que nos habíamos acicalado y puesto las mejores galas. Veo las fotos de ese día y me parecen mentira. Vestidito, taconazos, maquillaje. Después de eso pasamos una semana recorriendo la costa de Uruguay. No voy a decir que fuimos a todo lujo, pero lo cierto es que no nos privamos de nada. Muy especialmente no nos privamos de tener una ducha todas o casi todas las noches.

Así es que el contraste al llegar a la Sierra fue quizá aún mayor después de todo esto. Después de haber sobrevivido al primer día de trabajo en Lauburu ambos estábamos con ganas de darnos un baño, de sacarnos la mugre que llevábamos encima. En la casa llevaban un tiempo con problemas para tener agua caliente porque se les había roto la bomba. Así que nos comentaron que podíamos ir al río a darnos un baño, siempre que tuviéramos cuidado con no tirar el jabón de vuelta al río ya que algunas familias usaban este agua para consumo -además de que evidentemente es contaminante.

el río

Uno de los niños muy amablemente nos condujo hasta el río, que quedaba a un kilómetro más o menos de la casa. Llegamos, nos desnudamos y comenzamos el ritual. La idea era que teníamos que meternos dentro del agua para mojarnos, después salir al costado del río, enjabonarnos y tirarnos agua con un balde para enjuagarnos. En principio no parecía algo demasiado complicado de hacer. Salvo por la temperatura del agua.

Metí un pie. Y después el otro. El agua me cubría hasta por encima del tobillo y empecé a plantearme cuánto de necesario era bañarme. Si en realidad, tampoco es que había transpirado tanto. Pero mi dama interior me decía: “Maite, tienes que bañarte, hace ya un par de días que no ves el agua”.

Después de mucha lucha interior entre mi yo dama y mi yo salvaje, conseguí meterme casi por completo: no conseguí mojarme la espalda, ni meter la cabeza entera. Tardé una media hora aproximadamente solamente en esta primera fase del baño. Y sufrí, sufrí bastante. Terminado el proceso volvimos a la casa y nos sentíamos como nuevos. Ya había dado el primer paso hacia lo salvaje.

La semana siguiente a nuestra llegada el clima se puso muy feo. Bajaron mucho las temperaturas y llovió casi todos los días. Esta situación hacía que fuera imposible ir a bañarse al río. Un par de veces calentamos agua en la cocina y nos aseamos un poco como los gatos. Para mí, seguía siendo insuficiente.

Para la semana siguiente habían programado un corte de luz el jueves por la mañana. Un corte de luz en otra casa puede significar mucho, pero en nuestro caso significaba que mientras no hubiera electricidad, no se podía bombear agua. Además del corte de luz programado, por si fuera poco, hubo una tormenta espectacular. Así, el corte que estaba programado para un día, duró finalmente cuatro días.

Ya para la mañana del jueves llevaba al menos un día sin ducharme. El jueves y el viernes continuamos trabajando y la luz no volvía. El sábado se planteó un día de paseo en Cabo Polonio, ya que sin agua no había mucho que pudiéramos hacer en la casa (ni siquiera cocinar o lavar los platos).

Así que después de un maravilloso día entre dunas, tirándonos por la arena, transpirando como cosacos, cinco horas de caminata, una y media mirando a los lobos, media hora de camión 4×4 y una hora de coche a casa, llegó la parte más dura de todo el mes que pasamos allí: meterme en la cama con toda esta suciedad encima, en una cama que ya no estaba limpia tampoco.

Fue el punto álgido del sufrimiento. Fue cuando pensé que ya no podía más. Me acosté en la cama, con el pelo con tanta grasa
que -si hubiera hecho algo de calor- podría haber hecho un huevo frito en él. La arena metida por todos lados. Con el cuerpo lleno de sudor, arena, tierra. Sentía que hasta el alma tenía sucia. Entonces, me acosté y lloré a moco tendido. Me parecía insostenible tener que soportar otro día más sin pasar por agua.

A partir de ahí todo fue a mejor. Al día siguiente hubo sol y pudimos ir al río a bañarnos. Esta vez conseguí meterme entera en el agua. Aunque tardé bastante rato, conseguí meter toda la cabeza y todo el cuerpo. Me enjaboné y con la ayuda de E. me enjuagué echando varios baldes de agua del río. Creo que ese fue el primer día que lo disfruté mucho. Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde, suelen decir. Yo no sabía cuánto me gustaba estar limpia hasta que no pude estarlo.

Después de eso, cuando íbamos al río a bañarnos tardaba dos minutos en meterme entera al agua. Cuando ya me había enjabonado me tiraba los cubos de agua yo sola y gritaba: “¡Adrenalina!”. Lo repetía varias veces, me encantaba. Era una sensación exquisita. Buscaba la ocasión de ir al río sin la necesidad de asearnos, sólo por el disfrute del paisaje, del agua helada y de la sensación de libertad. 

Y así es cómo descubrí que otro de mis límites en realidad era bastante más flexible de lo que yo pensaba. La ducha, y en concreto la ducha de agua caliente, dejaron de ser la única opción.

Después de haber vivido un mes en Sierra de Rocha, un lugar muy particular donde muchas comodidades a las que estamos acostumbrados no existen, descubrí que soy un poco más salvaje de lo que creía y que aún tengo un camino largo para llegar a conocerme.