Salimos de Ushuaia a mediados de enero. Sin embargo, antes de eso ya habíamos empezado a planificar los siguientes pasos del viaje. En especial Torres del Paine, que desde el principio de la planificación habíamos marcado como uno de los puntos imperdibles en el mapa. Sobre todo, porque era una de las dos cosas que me habían quedado pendientes cuando había vivido en Chile unos años atrás. Así que el día 1 de enero, con las pilas recargadas por el comienzo del año y con los propósitos de hacer todo más y mejor, comenzamos a investigar sobre las Torres. A pesar de ser uno de los lugares más turísticos de Chile, para nuestra sorpresa, planificar este trekking fue extremadamente complejo. 

Por un lado, descubrimos que recientemente habían instaurado la norma de que para poder entrar al parque uno debe tener previamente reservadas las áreas de camping donde va a quedarse. Eso implica que, una vez hechas las reservas, no hay margen de improvisación: uno debe ir en las fechas en las que realizó las reservas o no ir. El día 1 de enero empezamos a mirar para reservar los campings gratuitos (en posteriores post detallaremos toda la información práctica) y las fechas que nos daban eran para marzo. Conseguimos reservar dos noches consecutivas en los campings gratuitos y a partir de ahí nos resultó imposible conseguir nada más. El siguiente camping gratuito estaba muy lejos y los de pago no tenían reservas por Internet o no nos dejaban pagar. 

Empecé animada a la mañana. Después de todo estaba por fin planificando algo que deseaba hacer desde hacía mucho tiempo. A medida que iban pasando las horas y veía cómo todo se iba complicando más y más, mi energía fue disminuyendo. Y al mismo tiempo iba creciendo el enojo y la impotencia. ¿Cómo podía ser que tuviéramos que planificar con dos meses de antelación algo así? Para nosotros que muchas veces no sabemos siquiera qué es lo que vamos a estar haciendo mañana. ¿Cómo podía ser que tuviéramos que esperar ahora dos meses para ir a las Torres? Mi indignación creció. “No vamos nada a las Torres, no se merecen nuestra presencia” -le dije a E. en el momento más álgido. “Voy a mirar vuelos para Isla de Pascua”. Resolví que, si no podía ir a las Torres, al menos intentaría cumplir con la otra gran cosa que me había quedado pendiente. Y que de alguna manera en mi cabeza había descartado hacer por el precio.

Así, gracias a la odiosa organización del Parque Nacional Torres del Paine, compramos los vuelos para ir a Isla de Pascua. Así fue como el primer obstáculo en el viaje, se transformó en una de las mejores decisiones. Esta fue la primera señal que no supimos interpretar de que hay que dejar a las cosas fluir, que a veces lo que a primera vista nos pueda parecer algo negativo, a la larga puede ser algo bueno, que a veces el camino no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos.

Con este panorama organizativo, partimos de Ushuaia a mediados de enero. Nos colocamos en la salida de la ciudad a hacer dedo. Mirándolo con perspectiva supongo que lo que nos sucedía ese día era que ya empezábamos a extrañar la calidez de la gente que conocimos en la ciudad. En ese momento, lo único que sentía era que la energía no era buena, que no estábamos de ánimo, que nadie nos iba a parar, que íbamos a avanzar unos pocos kilómetros y quedar varados. En definitiva, me sentía negativa al 200% y sabía que no era bueno para hacer dedo. Esperamos un tiempo y no paraba nadie.  

De repente se detiene un auto. Es una chica joven y una señora. Hablamos entre español e inglés, ellas parece que son de Brasil. Nos dicen que van a Río Gallegos y aunque nuestro plan es llegar hasta Punta Arenas, sabemos que es una buena opción al menos cruzar de vuelta al continente y desde ahí hacer dedo hasta la ciudad. Nos subimos al auto y comenzamos a conversar. Les contamos de nuestro viaje, de lo que hacíamos antes y de lo que creemos que haremos después. La chica joven que es la que conduce nos cuenta que ella también estuvo mucho tiempo viajando de mochilera, que hace poco volvió a Brasil y que ahora estaban haciendo un viaje su madre y ella como para recuperar el tiempo perdido. Nos contó que tenían pensado ir a Punta Arenas en un principio, pero como no entendían muy bien el tema de las rutas, al final habían desistido y decidido cambiar de rumbo hacia Río Gallegos. Nosotros, que habíamos estudiado la ruta un millón de veces, les comenzamos a explicar las opciones que había para llegar a Punta Arenas. 

Mientras todo esto ocurría, nos iban llegando mensajes de Paula y Tilman, nuestros amigos alemanes que conocimos en Ushuaia, que formaron parte de la tela de araña de conexiones y que habían decidido salir a la ruta un día antes que nosotros. Nos decían que el cruce del Estrecho de Magallanes lo acababan de cerrar y que no sabían cuándo lo volverían a abrir. Ahí nos empezamos a poner un poco nerviosos. Teníamos que tomar una decisión: continuar por el camino hacia el cruce de Punta Delgada donde sabíamos que tendríamos que esperar por muchas horas en el mejor de los casos y quizá pasar la noche en el peor de los casos; o continuar camino hacia Porvenir donde se encuentra el otro cruce al estrecho, pero que ese día no estaría funcionando, así que tendríamos que pasar la noche en algún lugar y salir recién al día siguiente. 

Ellas no sabían qué hacer. Al final, no sabemos muy bien cómo o porqué decidieron que iban a cambiar el plan de viaje y continuarían hacia Punta Arenas. Nos consultaron qué plan creían que era mejor. Sabiendo que muy probablemente el cruce del Estrecho continuaría cerrado por mal tiempo hasta el día siguiente, optamos por ir a Porvenir, donde podríamos alojarnos en algún lugar cómodos y seguir camino al día siguiente.

Así es que emprendimos camino hacia allá. Cruzamos la frontera y volví a estar en suelo chileno después de casi 4 años de haber partido. Fue una sensación extraña. A pesar de que ya habíamos cruzado la frontera para poder acceder hasta Ushuaia, aquel día habíamos pasado sólo unas pocas horas en territorio chileno. Esta vez veníamos para quedarnos. Y esa sensación era rara. Una mezcla de añoranza, nostalgia y nervios por redescubrir el país. Por encontrar las diferencias, más que en el país mismo, en mi persona. Ver cuánto cambiaron mis ojos desde que me fui, cuánto cambió mi manera de mirar el mundo desde la última vez que recorrí estos caminos. Redescubrirme a mí. Y eso me daba un poco de miedo.

Llegamos a Porvenir y empezamos a buscar alojamiento. No había muchas opciones, pero conseguimos una habitación que estaba bastante bien, a un precio moderado. Lia y su mamá encontraron otro lugar un poco mejor, pero que era también algo más caro. Pero nos dijeron que no nos preocupásemos, que a la mañana siguiente nos venían a buscar con el auto a donde estábamos alojados para hacer el cruce juntos. 

A la mañana siguiente, tal y como habíamos quedado, Lía y su madre nos pasaron a buscar en el auto para ir hacia el ferry que nos cruzaría al continente nuevamente. Como los lunes sólo hay un ferry, no queríamos quedarnos fuera y no sabíamos la cantidad de gente que decidiría cruzar por ahí, fuimos bien temprano a la mañana. Así que tuvimos que estar esperando un buen rato.

Llegamos al continente después de dos horas y media de viaje en ferry. Paula y Tilman habían hablado con la pareja de CouchSurfing que los estaba alojando y les habían preguntado a ver si podían alojarnos a nosotros también. Así que Lía nos llevó hasta la casa.

Entramos a la casa y ahí estaban Paula y Tilman. Aunque solamente dos días atrás nos habíamos visto por última vez en Ushuaia cuando ellos salieron a la ruta, después de todas las aventuras que habíamos pasado (ellos habían tenido que dormir en la oficina fronteriza y sufrir las inclemencias del tiempo en el estrecho), el reencuentro fue como si hubiera pasado un mes. Quizá un poco ridículos, pero pasa que en los viajes muchas cosas se sobredimensionan. Dos días pueden llegar a ser mucho tiempo.

con Paula y Tilman en Punta Arenas

Con Paula y Tilman en Punta Arenas

A pesar de todas las complicaciones organizativas, no habíamos desistido aún de las ganas de visitar las Torres del Paine. No teníamos ni idea de cómo lo haríamos, pero estábamos seguros de que cuanto más cerca estuviéramos podríamos encontrar más información. El primer día en la casa de Nacho y Carla en Punta Arenas conocimos a una chica española y su novio checo que acababan de volver de allá. Ellos nos contaron que casi nadie iba con las reservas legales, que muchos las modificaban o que entraban sin las reservas y se hacían los tontos. A nosotros estas opciones no nos gustaban nada. Queríamos buscar otra manera de hacerlo.

Antes de poder mirar cómo ir a las Torres, teníamos que solucionar otro problema que había surgido los últimos días en Ushuaia: me había empezado a doler la rodilla. Al principio era un dolor que aparecía en ciertos momentos, pero cada vez fue aumentando más y más. El último día saliendo de Ushuaia cada pequeña cuesta o inclinación en el terreno suponía que se me saltaban las lágrimas de los ojos del dolor. Pensamos que era el momento de ir al médico.

Así que al día siguiente comenzamos a ver cómo podíamos ponernos en contacto con el seguro. Era la primera vez que íbamos a tener que usarlo y no sabíamos cómo funcionaba. Decidimos llamar a través de Skype y pudimos contactarnos rápidamente con él. Me atendieron a la perfección. Les conté el dolor que tenía y me indicaron al centro al que debía acudir y me confirmaron que esperaban tener un acuerdo con el centro médico para que me atendieran sin tener que adelantar el dinero en menos de media hora. Caminamos hasta el centro que quedaba relativamente cerca de donde estábamos quedándonos.

Llegamos y en una media hora más o menos entré a la consulta. Esperé un buen rato sentada y en silencio mientras escuchaba cómo pasaban médicos y enfermeras a mi alrededor atendiendo a otras personas. Deseé haber entrado con E. Tenía un poco de miedo de lo que pudieran decirme. Pero al mismo tiempo pensaba que no podía ser tan grave, que me darían algún medicamento y que en una semana estaría lista para ir a Torres del Paine.

Me debatía internamente cuando entró el médico. Me pidió que le explicase cómo era el dolor, cuándo había empezado, dónde estaba localizado y todos los detalles posibles que se me ocurrieran. Después pasó a examinarme. Tras un reconocimiento larguísimo que quizá no lo fuera tanto, pero mis ganas de conocer el veredicto así lo hicieron, me miró con cara de preocupación y me preguntó de qué trabajaba. Le dije que no estaba trabajando, que estaba realizando un viaje largo y que hacía ya seis meses que no trabajaba. Entonces su cara de preocupación aumentó considerablemente. “Te preguntaba de qué trabajabas porque iba a decirte que vas a necesitar tomarte licencia”. Ya no pintaba demasiado bien. “Entonces, ¿qué es? ¿qué tengo?” “Te diría que un 75% de probabilidades que tienes un menisco roto, muy posiblemente tengas que volver a tu casa, dejar el viaje para operarte y después te esperan unos 6 meses de recuperación”.

Ésta era la reacción esperable

Ésta era la reacción esperable

Siempre suelen decir que ante situaciones extremas uno nunca sabe cómo va a actuar. Yo nunca hubiera esperado reaccionar así, pero simplemente no pude evitarlo. Me empecé a reír a carcajadas. A carcajadas fuertes. El médico me miraba con cara de incredulidad. Yo también. Pero no podía parar de reír. Tuve que respirar profundo y parar. Le pedí disculpas al médico. Yo no quería reírme así. Pero la sensación era que no podía estar pasando esto. Que no podía ser que ahora tuviéramos que volvernos a casa. Y lo peor de todo, que no podía parar de pensar, era que habíamos comprado los vuelos para irnos a Isla de Pascua sin el seguro. E. me había insistido en pagar el seguro. Y yo, que creo poco en ellos, le había dicho de forma persistente “pero, ¿qué puede pasar?”. Y ahora… ¡ahora esto! Parecía un mal chiste.

Me dijo el médico que de todas formas hacía falta una resonancia magnética para poder confirmar. Pero que para hacerla debía ir a otro centro y que tendrían cita por lo menos para dentro de una semana.

Salí de la consulta. E. me estaba esperando sentado en la sala de espera. Lo vi y me puse a llorar. Ésta sí era una reacción esperable. E. no entendía nada y poco a poco le fui contando lo que me acababan de decir. ¿Qué hacemos?

Mientras conversábamos tirando distintas opciones surgió la idea de preguntarle a mi tía a ver si podía prestarnos su casa en Bariloche. De esa manera tendríamos un lugar cómodo para estar el tiempo que hiciera falta, dependiendo de cuáles fueran los resultados de la resonancia magnética y hacer la recuperación, que calculábamos sería por lo menos un mes.

Al llegar a la casa le escribimos a mi tía, para ver si eso sería posible. Y al mismo tiempo E. salió a averiguar los precios y los días de los autobuses para ir a Bariloche. Las malas noticias no paraban de llegar. Mi tía no podía prestarnos el departamento porque como nosotros no teníamos previsto llegar en esas fechas se lo había prestado a otra persona. Además, no había autobuses directos a Bariloche desde Punta Arenas, sólo había hasta Osorno (en la misma latitud, pero del lado chileno). Y si queríamos ir a Bariloche, teníamos que hacer una escala y pagar mucho más.

Después poco a poco fueron saliendo las soluciones. Mi tía habló con una amiga que se ofreció a alojarnos. Y decidimos tomar un bus que fuera a Osorno que era más económico. A pesar de todo, teníamos que quedarnos como 4 días más en Punta Arenas porque no había más autobuses. Intentamos sacar lo mejor de ello. Descansamos en el hostal, escribimos algo para el blog, compartimos con Paula y Tilman, desayunamos rico, comimos bien y dormimos un montón.

Después de haber estado una semana en Chile tuvimos que volver a territorio argentino. Salimos tristes porque no sabíamos qué era lo que nos esperaba. Porque era el primer bache del viaje. Porque ser flexible para cambiar de destino no es lo mismo que “ser obligado” a ello por las circunstancias. Y, especialmente, porque no sabíamos que la complicación por la lesión en la rodilla sería la que al final terminaría dándonos la solución para poder ir a las Torres del Paine en la fecha en la que teníamos reserva.

No sabíamos que a veces hay que dejar que las cosas vayan sucediendo, que el tiempo pase y todo se termine de acomodar. No nos habíamos dado cuenta que, como dijo Antonio Machado, el camino se hace al andar.

¿Alguna vez alguna mala situación se convirtió en un final feliz? Cuéntanoslo en los comentarios.