Este post está publicado en varias partes. Si quieres empezar a leer desde el principio la primera parte puedes encontrarla haciendo click aquí.  

Puerto Madryn – Caleta Olivia

El día que decidimos salir de Puerto Madryn no hacía el mejor de los climas. Estaba nublado, había algo de viento patagónico y amenazaba con empezar a llover en cualquier momento. Los chicos nos acercaron hasta la estación de servicio y ahí nos colocamos a esperar. Cada minuto que pasaba sentíamos más frío. La Patagonia estaba dándonos la bienvenida a su manera. Después empezó a chispear.

Por suerte la espera no fue muy larga, 19 minutos después de habernos puesto allí, vimos un camión que estaba dando la vuelta dentro de la estación de servicio y le hicimos dedo, sin muchas esperanzas. Y paró. Era Fabián. Aunque llevaba ya 20 horas sin dormir, le dimos pena los dos ahí bajo la lluvia y decidió continuar viaje en lugar de parar a descansar, y llevarnos de paso. Como venía siendo usual la suerte nos acompañó: Fabián iba a Caleta Olivia, lugar al que pensábamos llegar ese día.

Sufro de un problema grave al hacer dedo. Cada vez que entro en algún tipo de transporte, me entra una terrible somnolencia, que no siempre soy capaz de combatir al 100%. Sé que eso es un problema especialmente cuando uno viaja a dedo, donde es más que recomendable -casi obligatorio- dar charla al conductor. Pero esto se incrementa a un problemón, cuando el conductor que te lleva, ha estado nada más y nada menos que 20 horas sin dormir (y tú acabas de despertarte y salir de una cama calentita y cómoda).

Las primeras horas de viaje con Fabián fueron difíciles para mí. Intentaba todo el tiempo mantenerme despierta, pero era complicado. Para combatir el sueño intentaba entablar conversación, pero él estaba extenuado y se notaba. Cada pregunta que le hacía, contestaba con un par de palabras a lo sumo. Y yo ya no sabía qué más preguntar. Y esa misma situación estaba generándome más cansancio y por ende más ganas de dormir aún.

estepa patagonica guille giagante

El paisaje tampoco es que ayudase mucho. La estepa patagónica es de una inmensidad tremenda y horriblemente homogénea. Y más especialmente en este tramo. La poca vegetación no supera los 20 centímetros de altura. No hay ni un solo árbol. Los colores son marrones y algún verde muy oscuro, casi negro. No veíamos siquiera guanacos (que se suelen ver por esta zona) o nandúes. Hubo algún momento en el que sin querer queriendo, el sueño finalmente me venció. E. mientras tanto, como un campeón, continuó la difícil tarea de dar conversación sin parar.

Hacia el mediodía comenzó a salir la charla sobre dónde comeríamos. Y yo, así como quien no quiere la cosa, le dije varias veces a Fabián que si quería que se durmiera una siesta, que nosotros no teníamos inconveniente. En verdad, rogaba para que el hombre se acostase un rato a dormir.

Fabián nos contó que él solía parar en un restaurante, un  lugar donde daban un menú rico y económico. Y después de mucho esperar finalmente llegó el momento de sentarse a comer: una empanada y pasta con carne. Y después llegó el otro momento tan ansiado, la siesta. Como el camión era muy grande, nosotros nos recostamos en la cama de abajo y él abrió la litera y se acostó arriba. Pusimos el despertador y nos pidió que en una hora más lo despertáramos.

Nosotros también nos quedamos dormidos, pero el hombre cayó rendido. Así que después de una hora de siesta nos levantamos con el sonido del despertador. Pero Fabián no se despertaba. E. empezó a poner todos los sonidos distintos que tiene el celular, para ver si conseguía despertarlo con alguno de ellos. Después de haber estado un rato intentándolo, finalmente despertó y volvimos a la ruta.

Justo después de Comodoro Rivadavia, un compañero de Fabián llevaba más de un día parado porque su camión se había quedado sin frenos transportando maquinaria de gran tamaño . Así que él paró para intentar ayudarlo en la reparación, o con lo que pudiera. Finalmente, después de 12 horas de viaje para hacer 500 kilómetros, llegamos a Caleta Olivia cuando ya estaba anocheciendo.

Estábamos agotados, pero nuevamente el viaje nos sorprendería. Lilian nos estaba esperando. Pasamos 3 días en Caleta Olivia en los que:

  • Cenamos empanadas de carne que Lilian había encargado y con las que nos estaba esperando. Después de 12 horas de viaje en camión por la estepa patagónica (bien agónicas), fue lo más hermoso que podía pasar.
  • Dormimos en una de las camas más cómodas de todo el viaje.
  • Paseamos por la ciudad y descubrimos que no tiene mucho atractivo turístico.
  • Me corté el pelo de forma un poco radical:

  • E. cocinó un risotto exquisito y cenamos con la familia de Lilian.
  • Bailamos salsa.
  • Leímos, escribimos y descansamos mucho.
  • Lilian sacó un rato entre sus horas de trabajo para llevarnos a ver los lobos que están en la playa. Aquí es donde los tuvimos más cerca en todo lo que va de viaje.

lobo marino

lobos marinos

Caleta Olivia – Comandante Luis Piedra Buena

Era un día de semana, así que antes de salir a trabajar Lilian nos acercó al lugar donde tendríamos que hacer dedo. Llevábamos un rato ahí y empezamos a recordar que habíamos leído en alguna parte que Caleta Olivia era un agujero negro, donde muchos se habían quedado estancados sin poder salir. Y después de la experiencia que habíamos tenido en Viedma nos entró el miedo. Claro que no llevábamos tanto tiempo ahí.

De repente vimos que se acercaba un camión. E. dijo que era demasiado pequeña la cabina y que no entraríamos. Yo le dije: él sabrá. Y unos metros más adelante se detuvo Manu. Éste fue sin duda uno de los trayectos más entretenidos que hemos hecho a dedo, al menos hasta el momento. Manu nos contó un montón de historias locas que parecían sacadas de las mejores películas de ficción. No hacía falta hacerle muchas preguntas, ni siquiera hablar mucho. Él se lo conversaba todo. Con él llegamos hasta Puerto San Julián. Nuestra idea era intentar llegar a Comandante Luis Piedra Buena y aún era pronto, así que nos volvimos a colocar en la ruta.

Era un lugar bastante desolado, pero nos sentíamos seguros sabiendo que el pueblo de Puerto San Julián estaba bastante cerca. Unos minutos más tarde paró Julio. En su camión iban también dos chicos de Brasil, pero decidió pararnos a nosotros igualmente. Los chicos de Brasil venían viajando con él desde Bahía Blanca, un día y medio de viaje y tenían pensado ir hasta Río Gallegos (otro día más de viaje por lo menos). Éste ha sido el camionero más loco que nos ha parado, pero eso sí muy buena onda. Dentro del camión tenía instalada una pantalla de televisión donde venían viendo películas y series. Para que la luz diurna no molestase, Julio había tapado casi todo el parabrisas (excepto una parte por la que él podía ver la carretera) con unos paños oscuros.

el camión de Julio

Además, con un hornillo de gas y una pava que tenía entre los dos asientos, se calentaba el agua para poder ir tomando unos mates mientras tanto. Íbamos tomando mates y conversando, pasamos por la depresión más grande de Sudamérica, que se encuentra justo al costado de la Ruta 3 y Julio paró el camión para que pudiéramos tomar unas fotos. Pero eso sí, teníamos que bajar por el lado del conductor porque las puertas las tenía monitoreadas por satélite. “Si el jefe me pregunta, paré a hacer pis, así que bajen por este lado y no tarden más de cinco minutos” MUY buena onda.

Unos kilómetros más adelante, con Breaking Bad de fondo, paramos al costado de la carretera, en una zona alta. Desde ahí podíamos ver el puesto de control de peso que tiene la policía justo antes de Comandante Luis Piedra Buena. Estuvimos un rato viendo si estaban parando a los camiones, cual espías. Julio llevaba el camión más cargado delo que debía (no era cosa suya sino de los jefes) y no quería que le pusieran multa. Pero de todas formas tenía que pasar por ahí… Así que finalmente bajamos con el camión, nos bajamos los cuatro pasajeros extra de la cabina justo antes del control de peso. Al hacer eso, un gendarme con cara de muy mala uva se nos acercó a pedirnos los documentos. Todos estábamos tranquilos porque no teníamos nada que ocultar.

Unos metros más adelante, cuando Julio había terminado de pasar todos los controles, nos volvimos a subir al camión y continuamos camino. Más adelante nosotros llegamos a destino y nos despedimos de Julio y de los chicos brasileños. Antes de llegar ya sabíamos que en la Isla Pavón había un camping, así que fuimos directamente para allá. Aquí fue donde por primera vez desde que habíamos empezado a transitar la Ruta 3 tuvimos que pagar por alojarnos. Aun así, fue un acierto quedarnos ahí.

La Isla Pavón es un auténtico oasis en el medio del desierto. Después de haber transitado durante kilómetros de estepa patagónica, gigante y un poco aburrida, llegar aquí te descoloca por completo. La isla se encuentra en el medio del Río Santa Cruz, que comienza en el Lago Argentino al lado de la cordillera, y a donde descarga su hielo el glaciar Perito Moreno. Mientras en la estepa patagónica predominaban los colores marrones y grises, aquí el verde de la vegetación y el azul turquesa del río lo inundaban todo. Mientras en la estepa patagónica la vegetación de más altura media unos 50 cm, aquí los árboles altos crecían por todos lados.

oasis en el desierto

Isla Pavón

A medida que íbamos bajando en el mapa a través de la Ruta 3, todos nos decían que el viento se ponía peor y peor. Y todas las veces nos pasaba lo mismo. Nos parecía que más abajo no podría ser peor de lo que ya lo era ahí. Pero obviamente nos equivocábamos.

Para llegar al pueblo teníamos que cruzar un puente, para atravesar el río Santa Cruz. Cuando íbamos cruzándolo, casi nos teníamos que agarrar de la barandilla porque el viento soplaba tan fuerte que no conseguíamos avanzar y nos daba miedo que nos tirase a la carretera. Dimos una vuelta por el pueblo, compramos algo de comida para preparar en el camping y cuando empezamos a pensar en volver, el viento comenzó a soplar muy fuerte. La tierra y las hojas empezaron a volar por los aires, llenando las calles y los locales, los árboles se tumbaban por la fuerza del viento. Casi no podíamos caminar, y teníamos que andar con los ojos cerrados. Tuvimos que tomarnos un taxi, el chófer nos contó que este tipo de viento aparece principalmente en la época de verano con el calor. 

Al día siguiente nos preparamos para salir, ya nos quedaba poco para cruzar a Tierra del Fuego y por fin llegar a Ushuaia, uno de los puntos que más ganas teníamos de alcanzar.