Este post está publicado en varias partes. Si quieres empezar a leer desde el principio la primera parte puedes encontrarla haciendo click aquí.  

Comandante Luis Piedra Buena – Río Grande (Tierra del Fuego)

Si hasta ahora nos había ido bien haciendo autostop, aquí batimos alguna clase de récord mundial seguro. Para salir de la Isla Pavón a dedo, teníamos que subir la cuesta que llega al puente y caminar un rato más hasta el comienzo del mismo para alcanzar el lugar que estaba bien para que alguien parase de forma segura. Estábamos en la primera parte del proceso, caminando por la cuesta, cuando de repente pasa un camión por el puente y se detiene en la mitad. Nos hace luces. E. y yo no entendemos si paró por nosotros. Tardamos un poco en reaccionar, pero cuando lo hacemos empezamos a correr hacia el camión con las mochilas y todo. E. abre la puerta y conversa con él. Yo vengo un poco por detrás, no soy tan rápida como él. E. me hace señas de que me apure. Parece que sí paró por nosotros. 

Además, Diego va hasta Río Grande (en Tierra del Fuego),  y tiene que llegar en el día. Nos dice que si no nos importa esperar, que él nos lleva hasta allá, pero que antes tiene que detenerse en Río Gallegos para que le pongan un precinto al camión. Lleva lácteos y como la ruta cruza a la zona chilena, tienen que precintarlo y recién abrirlo cuando vuelva a entrar en territorio argentino. Es una medida de seguridad. Claro que a nosotros no nos importa. Estamos dispuestos a esperar lo que sea. Vamos a pasar a Tierra del Fuego y eso ya es un montonazo.

Después de la espera en Río Gallegos, hacemos unos kilómetros más y tenemos que atravesar la frontera chilena por primera vez. Es la primera vez que cruzo a Chile desde que me fui del país en abril del 2013. Escuchar de nuevo el acento me remueve un poco las entrañas. Estoy en Chile otra vez, aunque sea sólo por un ratito. Y no puedo dejar de pensar en mi amiga Pai que está lejos, pero en el mismo país. La extraño quizá un poco más que normalmente.

Una vez en territorio chileno, nos tocó otra parada técnica. Esta vez a cambiar neumáticos. Es común que los argentinos crucen a esta parte de Chile y aprovechen el viaje para cambiar los neumáticos, porque salen muchísimo más económicos que en Argentina.

Terminamos de cambiarlos y pronto llegamos a donde debemos cruzar el Estrecho de Magallanes. Yo he estado frente a él antes, hace bastante tiempo, pero E. no. Creo que de alguna manera es impactante estar ahí, sabiendo cuan al sur del planeta te encuentras. Y sabiendo que estás a punto de estarlo un poco más aún. Además de entender la carga histórica del lugar, es increíble pensar que hace 500 años cruzaran por aquí con unas pequeñas embarcaciones de madera y a vela. Estando frente al Estrecho y sentir en carne propia las condiciones climáticas que hay aquí, hace que entendamos más la odisea que vivieron Magallanes y sus marinos.

Cruzamos el estrecho con el camión. Paseamos por el barco y estuvimos un rato afuera, esperamos poder ver algún animal, pero hace un tiempo bastante malo y no se ve nada. Nos mojamos un poco y cuando tengo demasiado frío me vuelvo al camión. E. viene un ratito después. Es un trayecto de 30 minutos así que no da tiempo para mucho. Al acercarnos a la orilla de Tierra del Fuego, vemos que la rampa de salida está bastante estropeada. Quizá para los autos no sea una dificultad muy grande porque por su maniobravilidad y peso pueden esquivarlo. Pero nos damos cuenta que no va a ser lo mismo para el camión.

De todas formas no hay muchas opciones. El camión tiene que bajar de la barcaza, así que Diego acelera e intenta esquivar la parte dañada. Pero es imposible, el camión es demasiado ancho y se pincha una rueda de atrás. Por suerte, los camiones hoy en día tienen un sistema por el cual si hay una rueda pinchada comienza a bombear aire constantemente para mantener la presión. Así le da tiempo al conductor a ir hasta una gomería y arreglarla o cambiarla.

Anduvimos un rato de esta forma. Entramos en varios lugares pero no encontrábamos una gomería abierta que pudiera reparar el daño. Teníamos poco tiempo para llegar a Río Grande. Finalmente encontramos un lugar. Tuvimos que esperar una hora más o menos y ahí salimos. Íbamos con un poco de prisa porque Diego tenía que estar antes de las doce en el depósito para dejar la carga antes de que cerrase. Y aún nos quedaban unos cuantos kilómetros de ripio antes de volver a pasar la frontera. A pesar de todos los retrasos que habíamos tenido a lo largo del día, conseguimos llegar antes de las 12. 

Diego desenganchó el remolque (donde va la carga), se dio una ducha y con la cabina del camión fuimos a la ciudad de Río Grande (todavía nos faltaban un par de kilómetros más para llegar). Nos llevó a un restaurante que él conocía para comer pizza y nos invitó. Mientras cenábamos, preocupado porque no teníamos alojamiento, empezó a preguntar al hombre que llevaba el local donde estábamos comiendo. Él, a su vez, empezó a preguntar al resto de la familia que se encontraba cenando en la mesa de al lado. Todos intentaron aportar su granito de arena y nos dieron indicaciones sobre cómo podíamos llegar a los distintos hostales que hay. 

Entonces, Diego nos llevó con el camión a dar vueltas por la ciudad, siguiendo las instrucciones que nos habían dado para ver si conseguíamos dónde pasar la noche. E. se bajó en el primer lugar que encontramos pero estaba lleno, no tenían ni una cama libre. Unos metros más adelante se volvió a bajar a preguntar en otro alojamiento. Ahí sí tenían espacio y era un precio más o menos razonable -y teniendo en cuenta que ya eran como las dos de la mañana, casi cualquier lugar nos hubiera parecido bien. 

Bajamos las mochilas del camión y nos despedimos de Diego. Nuevamente sin encontrar las palabras y sin saber cómo agradecer tanta ayuda. 

Pasamos dos noches en Río Grande. La primera recuperándonos del viaje en camión y la siguiente intentando escribir y mejorar el blog, con ese sueño que aún sigue vigente de mantener los post al día (y que no estamos muy seguros de que en algún momento eso vaya a suceder en realidad, aunque lo seguimos intentando).

Río Grande – Ushuaia

Tardamos sólo media hora en parar el primer auto que nos llevaría desde Río Grande hasta Tolhuin, un pueblo que se encuentra a medio camino entre las dos ciudades.

Nos subimos al auto. Se notaba que el conductor era un hombre de campo. Y su acompañante era joven, pero igualmente se podía percibir que era de campo. Nos levantaron y no nos hicieron ni una sola pregunta. Normalmente cuando los conductores te dejan entrar en su vehículo, tienen curiosidad por saber quién eres, de dónde vienes, a dónde vas y algo de tu historia. A la vez, cuando ellos preguntan, es natural que uno también pregunte por la vida de ellos. Sin embargo, cuando te subes a un auto y no te preguntan nada, tampoco es fácil empezar uno a hacer preguntas para sacar conversación. Así que nos sentamos y fuimos callados casi todo el viaje. En algunos momentos el silencio se interrumpía porque ellos nos ofrecían gaseosa o nosotros les ofrecíamos unas galletas que llevábamos. 

A medida que íbamos acercándonos más a Tolhuin, poco a poco la estepa patagónica se iba mezclando con algún árbol valiente que se atrevía a desafiar la sequía de la estepa

Ambos suponíamos que después de no haber hablado nada, el señor nos dejaría en la entrada del pueblo y listo. Sin embargo, una vez más nos sorprenderíamos. Nos dijo que quería llevarnos a dar una vuelta por Tolhuin para que conociéramos. No era muy grande, pero el señor se tomó el tiempo de dar una vuelta con el coche por todo el pueblo y después nos dejó a la salida del mismo para que nos colocásemos de nuevo en la ruta. 

La espera no fue demasiado larga. Casi media hora después de que nos dejaran a la salida de Tolhuin, Juan Manuel y Jessica detuvieron su auto. Venían desde Río Grande e iban hasta Ushuaia porque tenían que hacer algunos trámites. Una pareja joven, con muchas ganas de conversar y con mucha curiosidad por lo que estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo, sin miedo a hacernos preguntas. Vamos en el auto conversando tranquilamente y nos cuentan que para llegar a Ushuaia hay que atravesar el Paso Garibaldi. Porque Ushuaia es la única ciudad en Argentina que se encuentra al otro lado de la Cordillera de los Andes. Un rato más tarde estábamos ahí, desde donde había una vista increíble del Lago Escondido.

Paso Garibaldi

A partir de aquí el verde volvió a invadir el paisaje sin un ápice de timidez. Lo cubrió todo. Las laderas de la Cordillera y los valles entre ella. Todo hasta las orillas del lago. Y después descubrimos un paisaje que no habíamos visto hasta el momento: los lupinos y las turberas. 

turbera en el Fin del Mundo

Y, por fin, después de 2688 kilómetros a dedo, de muchos vehículos, personas lindas, llegamos a la ciudad de Ushuaia. La ciudad más austral del planeta y por eso conocida como el Fin del Mundo. 

Llegamos a Ushuaia

Después de bajar y sacarnos unas fotos, Jessica y Juan Manuel nos llevaron hasta la puerta de la casa de L. (que quedaba bastante fuera de su recorrido).

Y unas tres semanas después de haber llegado hasta la ciudad de Ushuaia alcanzamos el final de la Ruta 3. Pero esa ya es otra historia…

Fin del Mundo - Fin de la Ruta 3