Mar del Plata: primera parada rumbo al sur
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Aunque decimos que no viajamos para escapar, sino para que la vida no se nos escape (y es cierto), debemos admitir que de Buenos Aires sí que nos escapamos.

Salimos un poco despavoridos después de haber pasado más de un mes en total allá y de no haber hecho aún el duelo de Sierra de Rocha. Nos sentíamos por fin tranquilos de saber que dejábamos atrás a Buenos Aires y que teníamos por delante la maravillosa Ruta 3 que nos llevaría hacia Ushuaia.

Nos relajamos, y nos quedamos dormidos prácticamente todo el trayecto -dejando a la pobre Laura manejando sola los 400 kilómetros que hay desde la capital hasta Mar del Plata.

La visita a Mar del Plata fueron muchas cosas a la vez.

1. Descubrir que la familia no es sólo la que nos toca

Una de las primeras cosas que me sorprendieron gratamente al llegar a la casa de Laura y Emilio fue sentirme como en la casa de mi familia. A pesar de que ellos son muy diferentes a mis padres, es evidente que hay un nexo que los une y conecta, que hay mucha base que comparten y que hace que las dinámicas familiares sean tan similares.

La conversación y la comunicación fluida. No he conocido ningún lugar donde me sintiera tan como en casa como allá. Ellos también son familia, pero de la que se elige.

2. La modernidad a veces lo arruina todo

Al llegar a Mar del Plata no puedo evitar recordar todas las historias que me ha contado mi madre sobre los años que pasó ella aquí cuando era adolescente. Creo que deben haber sido los años más felices de su vida (o al menos unos de los tantos).

Sus recuerdos viven en mí de alguna manera y no puedo evitar decepcionarme al descubrir que ya poco queda de todo lo que ella disfrutó aquí. Los barrios de casas de piedra y techos de teja ya son pocos.

Ahora las torres se levantan amenazantes al lado de estas antiguas casas. Dejándolas al descubierto, quitándoles privacidad y augurando un futuro en el que los dueños se verán obligados a vender para la construcción de otra torre.

En las playas, aquellas que en algún tiempo tenían dunas y metros de arena para caminar, se han convertido en espacios privados. Enormes construcciones con múltiples servicios (piscina, restaurantes, vestidores, duchas).

La playa ocupada por carpas, unos espacios que se alquilan junto con sombrillas y tumbonas a precios bastante altos. Dejando un espacio de arena público de unos 3 metros hasta la orilla del mar.

Así debió ser antes Mar del Plata (Esto es Mar Chiquita, unos kilómetros al norte)

3. Las cosas simples nos hacen muy felices

La vida en Los Cerrillos, una quinta a las afueras de Mar del Plata, consistía en disfrutar de las cosas simples de la vida, aquellas que ya habíamos descubierto en la Sierra de Rocha. Nuestra rutina en esos días era levantarnos y poner la mesa para el desayuno en la galería. Desde ahí podíamos contemplar el jardín, floreciendo en primavera y a la negrita (la perra) que acababa de parir y venía a darnos el saludo matutino.

galería donde desayunábamos

Después, unas ricas tazas de café, un bol de fruta fresca con kéfir y mermelada, unas tostadas recién hechas con mermeladas caseras. Y mientras tanto unas dos horas de conversación. Recoger todo, ponerse los guantes e ir a trabajar un poco en el jardín: desmalezar, plantar, limpiar.

Tras unas pocas horas de trabajo, sentarnos en la mesa bajo los árboles a disfrutar de una comida siempre riquísima y charlar de la vida. Siesta en la hamaca paraguaya bajo los árboles. Un rato más de trabajo en la tierra, a veces en el interior trasplantando o clasificando plantines.

Para terminar el día una rica cena y a dormir.

Atardecer en Los Cerrilos

4. Visitar y aprender de distintas formas de arte

Tuvimos la oportunidad de asistir al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Lo más curioso es que no sólo fuimos a ver una película, sino que fuimos a ver una película de un amigo de la familia. Así que antes de entrar a la sala estuvimos conversando con el director y toda su familia. Cuando terminó “Hermosos Perdedores Pop” fuimos a cenar todos juntos. Otro día también compartimos un asado en Los Cerrillos.

Asado con Laura, Emilio y la familia Arévalo

Asado con Laura, Emilio y la familia Arévalo

Además, conocimos a varias artistas locales. La primera de ellas fue Norma Gamalero, que se dedica a la cerámica. Visitamos una muestra que tenía en ese momento y pudimos visitar su taller donde trabaja y da clases. Nos explicaron cómo van consiguiendo los distintos colores y nos enseñaron el muestrario con las diferentes tonalidades y texturas que utilizan.

muestra de colores

Muestra de colores para cerámica

Visitamos también una galería de arte pequeñita, donde la dueña se dedica a dar clases de pintura y ofrece la posibilidad a distintos artistas de exponer su obra y venderla. Cuando fuimos estaba exponiendo la obra de Bettina Fertitta, que realizaba unos hermosos dibujos. Tanto, que si hubiéramos tenido alguna pared donde colgar creo que le hubiéramos comprado uno.

Dimos algunos paseos también por la ciudad. Nos encontramos:

lobos marinos integrados en la ciudad

lobos marinos en la ciudad

un lobo marino conversando con un perro

y un niño alimentando a las palomas con el maíz que le robaba a su padre, que se dedicaba a hacer y vender palomitas.

niño alimentando a las palomas

En algún momento, después de haber pasado casi dos semanas abusando de la increíble hospitalidad de Laura y Emilio, pensamos que debíamos partir. Comenzamos a planificar cuáles serían los siguientes destinos sobre la Ruta 3 para empezar a mandar solicitudes por CouchSurfing. Después de mucho mirar el mapa hasta convencernos de cuál era la mejor opción para empezar, decidimos que la primera parada sería en Tres Arroyos.

Laura se ofreció a llevarnos hasta Necochea, una ciudad de la costa atlántica a 130 km de Mar del Plata. Así que el primero de diciembre partimos hacia allá y llegamos alrededor del mediodía. Paseamos por la playa, que al igual que en Mar del Plata nos sorprendió la cantidad de establecimientos privados que había. Aún así, conservaba una buena cantidad de espacio público y un color del mar que no habíamos visto hasta este momento y que no cuadraba con la imagen que tenía yo del Atlántico.

A pesar de que a ella le daba un poco de miedo, y quizá hasta un poco de vergüenza dejarnos ahí “desamparados” en una estación de servicio para que hiciéramos dedo, creo que la convencimos de que lo haríamos de todas formas. Así que ahí nos dejó.

No era la primera vez que hacíamos dedo, pero la verdad es que aún éramos (y seguimos siendo) principiantes en el tema. Llevábamos desde Mar del Plata un par de hojas pegadas donde habíamos improvisado un cartel. Nos plantamos a la salida de la estación de servicio, comenzamos a sacar el cartel y alisarlo (lo teníamos enrollado y no conseguía dejarlo estirado al principio).

Pusimos el cronómetro a contar y nos dispusimos a esperar. Sólo unos minutos después un hombre, con su camioneta llena de cajas de cartón con pollitos nos levantó y nos llevó en la caja de su camioneta. Nos dejó en un cruce, uno de los pocos que había en el trayecto hacia Tres Arroyos.

Caminamos unos metros desde donde nos dejó hasta el siguiente lugar donde nos dispondríamos a hacer dedo. Nos colocamos nuevamente al costado de la carretera, volvimos a poner el cronómetro y en 4 minutos volvieron a pararnos.

Esta vez una familia, que iban también a Tres Arroyos y que nos llevaron también en la caja de la camioneta. Un viaje de lujo. Creo que llegamos antes nosotros a Tres Arroyos que Laura a Mar del Plata.

Cómputo final del día: recorrido de 140 km, 5 minutos de espera. Nada mal para empezar.

Aquí comenzaba nuestro gran viaje por la ruta 3 Argentina. A partir de este punto nuestro viaje en el mundo de pe a pa tomaría otra dimensión…

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Maite y Erlantz

En 2016 decidimos largarnos a cumplir nuestro sueño de realizar un gran viaje. Estuvimos durante 16 meses recorriendo Sudamérica de pe a pa.

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