El día que nada salió como esperábamos
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Hay días que uno siente que si no se hubiera levantado de la cama, nadie se hubiera enterado. Que parece que hagas lo que hagas todo sale mal. Que las cosas se van encadenando y parece que no hay final para la desgracia. Éste no fue uno de esos días.

Nos despertamos temprano por la mañana para preparar la mochila. Después de 3 semanas en la Isla de Pascua, había llegado el momento de volver al continente. Desayunamos rico con las cosas de comida que nos quedaban y comenzamos a preparar todo.

Teníamos tiempo aún, recién nos vendría a buscar el transfer al camping a las 11.30 de la mañana. Las mochilas estaban listas, vaciamos la carpa y acercamos nuestras cosas a la recepción. La idea era esperar ahí, relajados, disfrutando de las vistas del mar.

Entonces, mientras repasaba en mi cabeza todas las cosas que tenía que haber metido en la mochila, me doy cuenta de que no me acuerdo de dónde guardé (o de si guarde) mi estuche.

Me pongo a revisar en mi mochila chica que es donde suele estar y no lo encuentro. Vacío la mochila por si acaso. Efectivamente, ¡no está!

Le pregunto a Erlantz y me dice que en la suya tampoco. Abro mi mochila grande, intentando descartarlo todo. Pero no está tampoco. Hago memoria y me doy cuenta de que la última vez que tengo un recuerdo es de hace dos días. Lo llevé al baño para pintarme los labios y ponerme unos pendientes antes de salir. Tan preocupada estaba por no dejarme los pendientes que eran pequeños, que al parecer me había olvidado el estuche entero.

Este estuche tenía muchas cosas valiosas emocionalmente:

  • El estuche en sí fue un regalo de cumpleaños de mis amigas de la universidad en 2009
  • Pendientes que me prestó mi hermana, que me regalaron mis amigas-alumnas, que me regalaron unas amigas en Valparaíso
  • Una cadena que me regaló mi tía con un colgante en forma de M y que llevo puesto siempre
  • Un regalo que me hicieron unas niñas en Sierra de Rocha;
  • Una piedra de obsidiana que recogí en la cima del volcán Chaitén para hacerle un collar a mi hermana.

El valor material existe. El emocional no puedo calcularlo.

Pregunto en la recepción y parece importarles un comino. Eso me enoja. Pregunto por la persona que limpia. Estos días me pareció ver a un chico limpiando los baños y creo que puede ser él quien lo haya encontrado. Lo busco y le pregunto. Me dice que espere un momento, se va a un cuarto donde hay herramientas y me lo entrega. Quiero darle un abrazo de lo feliz que estoy. No me parece apropiado y me contengo.

La curva de la felicidad, de repente, da un vuelco hacia el otro lado. Al abrir los bolsillos de afuera del estuche me encuentro que falta el regalo de las niñas y la piedra del volcán. Me pongo triste. Abro la parte grande y me doy cuenta que falta el colgante en forma de M. Entonces creo que voy a llorar.

Me giro para hablarle al chico y se me adelanta. Me dice que conoce a la persona que me quitó lo que falta. Que a esa persona le pareció algo curioso y se lo llevó. Pero que él sabe quién es y lo va a buscar. Escucho que le dice a su jefe que se va a comprar comida y desaparece.

Apenas se va yo empiezo a planificar qué hacer en caso de que no encuentre a la persona, en caso de que esa persona no lo tenga ahí mismo. Mi cabeza maquina como nunca. Conozco a gente en la Isla y me niego a que la persona que lo robó se quede con mi colgante. Sé que es mucho pedir pero estoy segura de que esas personas lo harían por mí.

Pienso en pedirles que se contacten con el chico para poder recuperarlo en algún momento. O quizá no recuperarlo, pero al menos que se lo quede alguien a quien aprecio. Está a punto de llegar el transfer y el chico aún no ha vuelto. Le digo a Erlantz que me voy a quedar, que vaya él con las maletas y yo me quedo a esperar a que llegue. Después voy caminando al aeropuerto, total son como 5 cuadras.

Llega el transfer y casi al mismo tiempo llega el chico también. Veo en su cara las malas noticias. Me dice que no ha podido encontrar a la persona, que la ha buscado por todas partes y que la ha llamado pero que no había manera.

Le digo que no importa, que lo quiero recuperar, que le dejo el número de teléfono de una persona que conozco en la Isla para que cuando lo recupere se lo de a esta persona en cuestión. Le doy el número de P. y me subo al transfer.

Siento que ya será imposible recuperar mi M. y me siento estúpida por haberme dejado olvidado el estuche. Y siento rabia por la persona que me robó. Una lágrima asoma en cada uno de mis ojos. Intento contenerme, no quiero romper a llorar. Entonces, cuando ya siento que no puedo contenerme más, veo al chico que vuelve. Abre su mano y ahí está: mi colgante, mi M.

Cierran la puerta del transfer y le digo a Erlantz: “no estoy preparada para irme aún”. Este episodio me ha dejado dolida y no quiero irme con esta sensación. He amado este lugar y no quiero que todo se resuma en este recuerdo del final. Pero ya es demasiado tarde para cambiar el vuelo, así que vamos al aeropuerto y hacemos la fila para facturar las maletas.

Aeropuerto de Isla de Pascua

Aeropuerto de Isla de Pascua

Llegamos al mostrador y entregamos nuestros documentos. Entonces ocurrió lo que no se pasó por mi cabeza ni en los mejores sueños. Tenían overbooking en el vuelo y, por eso, nos ofrecieron quedarnos en la Isla por una noche más, con los gastos de hotel y comida pagados, además de una compensación económica en efectivo o en vuelos.

Pero que esto se hiciera realidad dependía de si todas las personas que habían comprado su ticket llegaban al aeropuerto. Así que debían esperar hasta las 13.30 para cerrar el vuelo y ver si efectivamente necesitaban que alguien se quedase en tierra o no.

Las siguientes dos horas me comí todas las uñas. Me comí unas 4 galletas de arroz, de esas que no saben a nada. De la pura ansiedad que tenía. Erlantz no paraba de decirme que no fuera absurda, que si teníamos que volar tampoco pasaba nada, que hasta hacía dos minutos era lo que estaba en nuestros planes hacer. Y no le faltaba razón. Pero yo tenía tantísimas ganas de quedarme, no podía evitar el ansia por saber.

Finalmente, después de la eterna espera nos dan la noticia: nos quedaríamos en la isla una noche más.

A partir de ahí y en las siguientes 24 horas fue imposible borrarme la sonrisa de la cara. Llegó un punto en el que todos los músculos de la cara me dolían, pero aún así no podía parar de sonreír. Era demasiado bueno para ser verdad.

Nos llevaron en un transfer al hotel (me cuesta escribir hotel, se me cuela sin querer la s en el medio… la costumbre). La cama era como de 3 plazas. Con un par de cisnes hechos con las toallas y con flores de hibisco por todos lados. Un baño enorme, con agua caliente y bañera. Después de las dos semanas y media en el pae-pae, con las comodidades nulas, esto era más que un lujo.

Hotel en Isla de Pascua

Hotel en Isla de Pascua

En seguida nos llamaron a comer. Entre la alegría y la cantidad de galletas de arroz que me había comido, me resultó imposible terminar toda la comida que nos sirvieron.

De ahí nos fuimos a la habitación, nos cambiamos y nos fuimos a la playa. Yo estaba decidida a darme un baño en el Pacífico calentito una última vez. Soñaba con hacerlo con las tortugas que había visto un montón de veces desde la costa. Y allá fuimos.

Estuvimos un buen rato tirados en la playa Pe’a (la playa que está en Hanga Roa mismo), tomando el sol, en el agua, escribiendo y sacando alguna foto. Relajándonos y disfrutando de este día de regalo en el paraíso.

Playa en hanga Roa en Isla de Pascua

Playa en hanga Roa en Isla de Pascua

Después vuelta al hotel a darnos una ducha y vestirnos “elegantes” para ir a cenar. De camino al centro, a donde teníamos que ir para localizar el restaurante, nos topamos con el atardecer que estaba ocurriendo en ese mismo momento.

Nos sentamos en un banco que había frente a la costa y, por una vez Erlantz no sacó fotos. Nos abrazamos y contemplamos al sol escondiéndose entre las olas del mar y un cielo pintado.

Erlantz atardecer en Isla de Pascua

Erlantz atardecer en Isla de Pascua

Sabíamos el nombre del restaurante, pero no estábamos seguros de cuál era exactamente.  Así que paseamos por el centro un rato intentando localizarlo y de paso haciendo tiempo hasta las siete, que era la hora a partir de la cual podíamos ir a cenar.

Aunque era temprano para cenar, nos sentamos igual.

Intentamos cambiar el plato que iban a servirnos con el voucher por un ceviche, pero nos dicen que no se puede. Nos traen el plato de comida que viene incluido en el menú y tiene una pinta riquísima. Era un pollo salteado con verduras, un poco de arroz y unas papas fritas. No era una gran cantidad, pero estaba delicioso.

Cenando en Rapa Nui

Cenando en Rapa Nui

Para terminar, aunque no estaba incluido en el precio, pedimos un postre: una torta de maracuyá deliciosa.

Caminamos al hotel, que no quedaba muy lejos, y nos metimos en la cama a ver una película: Apocalypto. Dormimos toda la noche cada uno en una punta de la cama, ni nos rozamos. Había que aprovechar, no todos los días se puede dormir en una cama con esta extensión.

Por la mañana nos levantamos temprano porque queríamos hacer una última visita antes de irnos. Pero antes de salir: desayuno buffet con el que nos pusimos las botas. Tomamos café y jugo, panqueques, torta, cereales con yogurt y tostada con mantequilla y queso.

Salimos y caminamos hasta la iglesia católica. Escuchamos los cantos en Rapa Nui, vimos al cura con su tocado de plumas, a la gente local vestida elegante y a los turistas en pareo, una chica joven haciendo coronas de flores y protestando (probablemente por la presencia de tanto turista) y 11 perros merodeando la zona -quizá esperando que algún alma caritativa se apiadara de ellos por ser domingo y les diera algo de comer.

Finalmente, volvimos al hotel y mientras esperábamos a que viniera el transfer a buscarnos para llevarnos al aeropuerto, nos dedicamos a disfrutar de lo último que nos quedaba allí. Con las palmeras, las flores de hibisco, el cielo azul y el Océano Pacífico infinito de telón de fondo.

Así fue nuestro último día en el ombligo del mundo.

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