Conversación bajo el sol de invierno
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Ésta es la conversación que ocurrió hace unos días entre dos personas desconocidas, una señora y yo, en un banco de una plaza de Bilbao, mientras nos calienta el exquisito sol de invierno.

A veces cosas sencillas como una conversación con alguien desconocido, me hacen sentir el corazón henchido de felicidad. Te invito a probarlo.


Estoy en Bilbao, sentada en un banco en una plaza. Vine porque me quedaban aún dos horas para entrar a trabajar. Me senté, saqué mi sándwich y un libro, comencé a comer y a leer. Entonces, unos minutos más tarde, una señora mayor se sentó a mi lado.

Alrededor estaba repleto de bancos vacíos pero ella eligió aquel. Supe que ella tenía ganas de conversar y yo soy incapaz de negarme al intercambio de pensamientos con extraños.

Me dio los buenos días y yo le respondí, al tiempo que cerraba mi libro. Lo hice como señal, supuse que entendería que estaba abierta a la charla que ella buscaba.

-Qué bonito día que hace hoy, ¿verdad? -comenzó. La identidad vasca te la otorgan oficialmente sólo si eres capaz de conversar día tras día sobre las grandes o pequeñas variaciones del clima, estoy convencida de ello. Esta señora no iba a ser menos. Es imposible no estar de acuerdo. Después de una semana de lluvia constante, hoy el sol calienta.

Hace más frío dentro de casa que en la calle, comenta. Si hubiera que adorar a algo o alguien… -y baja la voz para contarme una confidencia- yo adoraría al sol. Río a carcajadas por dentro. Ésta es una confesión de una amama (abuela en euskera) pagana. 

Le digo que los Incas sí que lo sabían, que ellos adoraban al Sol, Inti. Me mira, sorprendida ahora ella por este comentario que creo no llega a entender de dónde viene. ¿Qué sabrá esta niña de los Incas? Seguro que piensa.

Me cuenta entonces, como para cambiar de tema, que le encanta el Sur (de España). Ha pasado muchas temporadas en Málaga. Le comento que no conozco. ¡Y las islas (Baleares y Canarias)! Cuando le digo que no conozco tampoco, siento que tengo que explicarme. Lo más al sur que he estado ha sido Granada y Sevilla, le cuento. Pero Granada no tiene mar, me dice mirándome en búsqueda de complicidad. Entiendo lo que quiere decir. Le gusta el sol, pero tiene que venir con el pack completo: sol, mar y playa.

Ahora que hemos acabado de hablar del tiempo, del sol y de cuánto nos gusta, ya podemos continuar conversando de cualquier otra cosa sin problemas.

Por lo que me ha contado hasta ahora, siento que compartimos el gusto por viajar. Pero por si acaso pregunto. ¿A usted le gusta viajar? Sí, muchísimo -contesta con un tono nostálgico- Hace ya dos años que no viajo nada, desde que mi marido murió. Y entiendo su nostalgia.

Me cuenta que hace un tiempo le propuso a su hermana, que encima es viuda, a ver si quería viajar con ella. Y le dijo que no. Me atrevo a sugerir que se lo plantee a su hija. Sonríe. Parece que no se le había ocurrido y se le ilumina la cara de imaginar ese viaje con su hija. ¿Sabes lo que pasa?, que mi yerno es muy bueno y muy majo pero los hombres al final se acaban aburriendo cuando entras a mirar algo -me contó. Yo no supe si se refería a entrar a museos, ropa o souvenirs. No pregunté tampoco.

Después los temas de conversación son variados: los niños, la falta de valores, lo individualista de la sociedad, los móviles y la televisión, la luna llena.

Está por despedirse de mí, ya está siendo la hora de comer. Y aunque tiene su comida lista en casa, no quiere ir demasiado tarde. Antes de levantarse del banco, me pregunta qué es lo que estoy leyendo que a ella también le gusta mucho leer. Le cuento sobre Caminos Invisibles, el libro escrito por una pareja de argentinos que realizaron un viaje largo por todos los países de Sudamérica. Aprovecho el mapa de la tapa del libro para contarle que mi pareja (E.) y yo, acabamos de volver de un viaje largo también por algunos países de Sudamérica. Se sorprende, no se disgusta. ¿Y qué tal por allí? Le digo que ha sido increíble. Me confiesa que a ella no sabe si le gustaría ir hasta allí, es muy lejos.

Se dispone a levantarse del banco y me doy cuenta que no nos hemos presentado. ¿Cómo se llama? Mari, dice. Yo Maite, me presento. Me dice que si me vuelve a ver por la plaza que se acordará de mí y vendrá a saludarme. Eso espero, porque yo no soy muy buena con las caras y temo que podré cruzármela y no saludarla.

Ella se va a comer. Yo me quedo un rato más en el banco, comiendo, leyendo y escribiendo sobre Mari.

Me siento feliz y no logro entender el porqué.

Después lo entiendo. Conversar con desconocidos es algo que practico mucho estando de viaje. Y me fascina.

Nota mental: para sentirme un poco de viaje estando en casa debo conversar con extraños.

Y tú, ¿qué haces para sentirte de viaje cuando estás en casa?

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