De gigantes y otras bestias
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Hace seis años yo era pequeña, más pequeña que ahora. Estaba repleta de miedos. Todo absolutamente me daba miedo. Pero había uno que predominaba sobre los demás, uno que aún me cuesta dominar. El miedo a que las personas que quiero se sientan decepcionadas por mí. 

Entonces conocí a una persona que supo verme tal cual era desde el primer momento. Él viajaba por el mundo llevando su arte a cuestas y yo le admiraba con todo mi ser. Me parecía increíble su vida, me parecía mentira que se pudiera vivir así. Aún entonces lo excusaba en que él podía porque era artista. Él, un gigante, me animó a que fuera grande, a que dejara mis miedos atrás y fuera quien desease ser. Y me animó a que siguiera sus pasos. Yo sabía que no podía, no estaba lista para dar ese paso. 

Seis años más tarde sigo siendo pequeña. Pero me he vuelto más valiente. No he dejado de tener miedos, para nada. Simplemente decido enfrentarme a ellos tantas veces como haga falta. 

Hace seis años escribí este texto, un par de días después de haberme despedido de la persona que plantó en mí la semilla de la planta de habichuelas mágicas. Y entonces escribí…

“Soy de aquí? No estoy segura del todo, pero creo que nací en otro lugar y acabé mimetizándome. Soy liliputiense adoptada y lo descubrí hace muy poco con la llegada de un gigante.

Había algunas cosas en mi vida que me disgustaban ya, había visto de pasada algún que otro gigante aunque ninguno me había enseñado nada. A veces soñaba con convertirme en uno de ellos, para poder llegar más lejos, pero todo el mundo me decía que todo liliputiense alguna vez en la vida se planteaba eso mismo pero que, al final, se acababa pasando.

A pesar de que intentaba creérmelo, nunca terminaba de irse esa sensación de querer crecer hasta dimensiones desconocidas para los pobladores de mi tierra. Y, a medida que iba pasando el tiempo, en vez de desaparecer ese deseo, crecía cada vez más en mi interior, sin encontrarle la respuesta.

Muchas veces me sentí de otro mundo, pensé que no pertenecía a mi lugar. Creí que alejándome un poco de todo lo que era familiar para mí lograría encontrarme conmigo misma y saber de dónde venía en realidad. No suelo ser muy paciente, pero soy constante y sabía que en algún lugar tenía que estar mi respuesta.

Tras varios meses de haberme mudado, a otro pueblo dentro de Liliput fue cuando descubrí mi verdadera procedencia. Por pura casualidad conocí al gigante del que les hablé antes. De todos los que había visto de pasada, éste era el más grande de todos. Sus ojos brillaban de sabiduría e inspiraba una confianza sobrenatural. Nunca antes me había atrevido a pronunciar en alto mi desasosiego por creer no pertenecer al lugar, pero sabía que él tenía respuestas.

Me contó que tenía un poder especial para poder ver hasta lo más profundo de algunas personas, de aquellas que se dejaban leer. Me dijo que yo, en verdad, soy una gigante pero que al ser adoptada en Liliput me había encogido. Yo no entendía cómo podía ser eso.

-Naciste como un muelle estirado, pero en este mundo liliputiense el peso de los miedos, la fuerza del dolor te fueron aplastando y te convertiste en un muelle contraído –me dijo.

-¿Y cómo hago para volver a ser una gigante?

-Simplemente tienes que meter todos tus miedos en tu mano, con la otra tomar una varita mágica y hacerlos desaparecer. Entonces, podrás crecer como la gigante que eres.

Le conté mis preocupaciones… No es fácil meter todos los miedos en una mano, mis manos son pequeñas y los miedos muy grandes, ¿y la varita mágica?…

Él también me había estado buscando, sin saberlo. Pero no podía detener su viaje para ayudarme a desprenderme de mis miedos. Me dio un plano para el camino, me deseó suerte en mi viaje y dijo que esperaba verme cuando creciera hasta ser gigante.

Quizá algún día volvamos a encontrarnos y estaré a su altura. Pero ahora salgo de prisa, que tengo mucho trabajo que hacer y quién sabe cuánto tiempo he perdido siendo pequeña.”