Día perfecto o todas las cosas que te pueden pasar si viajas
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Si hay algo que descubrimos en el viaje es que, no importa cómo haya comenzado el día, lo importante es cómo acaba. O cómo se desarrolla. Por eso, hoy en el mundo de pe a pa te traemos la historia del día perfecto que tuvimos cuando partíamos de la Isla de Chiloé hacia el continente.

1. Comienza el día perfecto

Salimos del increíble hostel donde nos habíamos quedado en Ancud, para comenzar el trayecto desde allí hasta Puerto Varas, donde nos estaba esperando C., de CouchSurfing. Así que ese era nuestro objetivo. El trayecto hasta donde teníamos que colocarnos para hacer dedo era bastante largo. Al llegar a Ancud ya lo habíamos hecho caminando y esta vez preferimos tomarnos un autobús para no empezar mal el día.

Sin embargo, el autobusero se confundió y nos recomendó bajar en un lugar que quedaba aún un poco lejos de donde debíamos colocarnos. Así que finalmente tuvimos que caminar más de lo que esperábamos.

Nos colocamos en donde creíamos que era el mejor sitio para que los coches se detuviesen: después de una rotonda. Pero parecía que salían de la rotonda con poca visibilidad y no estaba parando nadie. Así que decidimos alejarnos un poco de la rotonda, donde parecía que podía estar un poco mejor. Quedamos contentos con el lugar, ya que la gente nos podía ver más.

Haciendo dedo a las afueras de Ancud, Isla de Chiloé, un día perfecto

Haciendo dedo a las afueras de Ancud

Entonces, comenzó a chispear. En todos los meses que llevábamos viajando a dedo hasta el momento nunca nos había ocurrido que tuviéramos que esperar bajo la lluvia. Y el horno no estaba para bollos. Tapamos las mochilas con un poncho, nos colocamos los chubasqueros y no con el mejor ánimo del mundo esperamos a que algún alma bondadosa nos llevase hasta el cruce para ir hacia Chacao.

2. El primer vehículo

Finalmente, tras una espera no tan larga pero con los ánimos alterados, decidió parar la primera persona que contribuiría a que tuviéramos este día tan redondo.

Se detuvo en el costado de la calle, nos preguntó a dónde íbamos y le contamos que queríamos cruzar en la barcaza. Él no iba tan lejos, pero subimos igual. El lugar donde estábamos no era muy bueno. Y saliendo de Ancud en aquella dirección todos los coches nos acercarían cada vez más a nuestro destino final dentro de la isla de Chiloé.

Fuimos conversando animadamente en el coche sobre la vida, sobre los viajes y sobre hacer autostop. Cuando ya estábamos llegando al punto donde nuestro autoestopeador debía dejarnos, nos comenta que ha decidido dejarnos un poco más allá. Y nos acercó hasta el último punto donde él podía dar la vuelta en la carretera. Nos queda un kilómetro hasta el cruce y decidimos hacerlo caminando.

3. El barco

Subimos al barco con pena de dejar atrás la Isla de Chiloé. Y con ella la sensación de haber vuelto un rato a casa y de haber formado parte de un Chile algo diferente. También, sin saber cómo íbamos a continuar al bajar del barco. Era difícil imaginar esa zona mirando exclusivamente al mapa, así que pensábamos improvisar sobre la marcha. Con la esperanza de que todo saldría bien una vez más.

Cruzando el Canal de Chacao en barcaza, vista de una de las iglesias típicas de madera de Chiloé, un día perfecto

Cruzando el Canal de Chacao en barcaza

Cruzamos el estrecho paso entre Chiloé y el continente disfrutando de la brisa marina y de las vistas a nuestro alrededor. En poco tiempo ya estábamos del otro lado. Comenzamos a bajar del barco y viendo cómo se presentaba la carretera, un poco desanimados. Parecía que tendríamos que caminar bastante para llegar a un buen lugar.

Mientras bajábamos, sin mucha convicción, levanté el dedo al último auto que bajaba del barco. Probé por probar, ya que era un auto que se veía muy nuevo y lujoso, y lo más habitual es que no se detengan (o, al menos, esa era nuestra experiencia hasta el momento). Sin embargo, el conductor me miró a la cara y asintió. Yo no podía creerlo. ¿Si? -le dije muy sorprendida. Y volvió a confirmarlo inclinando la cabeza.

Aquí empezamos a sentir que un día perfecto se acercaba. Pero, en verdad, no teníamos ni idea.

4. El segundo vehículo

Dejamos las mochilas en el maletero y nos montamos al coche. Ellos eran una pareja de mediana edad que venían desde Santiago de Chile por vacaciones. Se dirigían a Puerto Montt, una ciudad que queda unos cuantos kilómetros antes de Puerto Varas, pero en la misma dirección. Así que, genial.

Nos hacen muchísimas preguntas. ¿Cómo decidimos comenzar a viajar? ¿Qué recorrido estamos haciendo? ¿Por qué decidimos hacer dedo? ¿Cómo nos financiábamos? Les contamos que la mayor parte era por los ahorros previos al viaje, pero que recientemente yo había comenzado a hacer muñecos y venderlos para ganar algo de dinero.

Además, en algún punto hablamos de la Carretera Austral y la comida (¡cómo no!). Les contamos que estuvimos en un lugar que nos gustó mucho en Coyhaique, llamado Mamma Gaucha, donde habíamos comido muy rico y a buen precio. Además, les contamos que habíamos tomado un postre de brownie con helado que era probablemente el más rico que habíamos probado jamás. Esta mención tendrá sentido más adelante, ¡lo prometo!

Así fue pasando el rato en el coche hasta que comenzamos a acercarnos a Puerto Montt. Entonces, E. comenzó a mirar en el mapa a ver cuál sería el mejor lugar para que nos dejen antes de entrar a la ciudad para nosotros poder continuar haciendo dedo. Cuando les preguntamos por dónde entrarían a la ciudad para poder planificar nuestro siguiente punto, F. el conductor nos pregunta a ver si ya almorzamos. Le decimos que aún no. A lo que responde: “perfecto, ¡los invitamos entonces!”

5. El restaurante 

E. y yo nos mirábamos sin parar, sin poder creer lo que estaba pasando. Nos sentíamos en una nube. Poco a poco el día perfecto se perfilaba.

Por si fuera poco, nos llevaron a comer a uno de los mejores restaurantes de todo Puerto Montt. Allí nos agasajaron pidiendo un plato de locos (Concholepas concholepas) para que los probásemos. Después nos animaron a que pidiéramos lo que nos diera la gana. Así comimos pasta casera con mariscos y una merluza a la parrilla que estaban deliciosos.

No contentos con eso, la pareja decidió llevarnos hasta nuestro destino final en Puerto Varas. Aunque para dejarnos allí debían desviarse de su ruta unos cuantos kilómetros.

Y, por si esto fuera poco, al llegar a Puerto Varas nos piden que les vendamos unos muñecos, que quieren llevárselos de souvenir para su hija a Santiago. Insisten en que los quieren comprar, que no los quieren de regalo, así que se llevaron dos muñecos. ¿Que más podíamos pedir? Pues el día perfecto aún nos separaba alguna sorpresa.

6. Puerto Varas con C.: el final de un día perfecto

Nos encontramos con C. en la plaza de Puerto Varas. Fuimos caminando a su casa y al llegar, nos encontramos con otra sorpresa. C. vivía en un precioso y espacioso chalet, así que el lugar donde dormiríamos se asemejaba más a un hotel 5 estrellas que a cualquier otra cosa: habitación con cama doble y baño privado. Después de un mes y medio en la Carretera Austral durmiendo en la tienda de campaña, eso era un regalo.

Una curiosa casa museo en Puerto Varas

Una curiosa casa museo en Puerto Varas

Pronto llegó la hora de cenar. C. nos comentó que había un lugar en el pueblo que a él le gustaba mucho, el restaurante Mesa Tropera. Nosotros encantados aceptamos y lo seguimos hasta el lugar. Entramos y comenzamos a ojear la carta para ver qué cosas podíamos pedir. Y, aquí ya no podíamos realmente creernoslo, resultó ser otro establecimiento del mismo dueño del restaurante Mamma Gaucha del que habíamos estado hablando esa misma mañana.

La carta era exactamente la misma. No podíamos más de alegría. Pedimos varias cosas para comer y obviamente el increíble brownie de chocolate con helado de vainilla.

Después de haberle contado a C. todas las cosas que nos habían pasado ese día, decidió él también invitarnos a la cena, para terminar este día perfecto de una manera sinigual.

¿Alguna vez has tenido un día perfecto en un viaje?

¡Cuéntanos tu historia en los comentarios!